domingo, 18 de febrero de 2018

La Memoria Y La Amnesia De Los Mercados

¿Los mercados recuerdan? ¿O son amnésicos? Los mercados añoran el lugar donde alguna vez estuvieron, o como la Dory, de “Buscando a Nemo”, cada jornada es una novedad sin relación con el pasado. Esas dos versiones extremas respecto del comportamiento de los mercados están a punto de ponerse en juego, pues luego de un brutal inicio de mes, los mercados están a punto de cerrar febrero como si nada hubiera ocurrido.
Los mercados iniciaron febrero con una corrección violentísima, hundiendo a los principales índices más allá del 10% que técnicamente se conoce como una corrección de la tendencia. Pero justo al atisbar la profundidad de la corrección, los impulsos compradores se activaron y la semana pasada los valores recuperaron casi la mitad de lo que habían perdido.
Al iniciar esta semana los principales índices se encontrarán a cinco por ciento en promedio de sus niveles máximos históricos, y cuando lleguen de nuevo a ese nivel algo peculiar acontecerá: los índices temblarán, les dará miedo, vacilarán dudando tener la fuerza suficiente para franquear el record histórico impuesto anteriormente.
¿Veremos a los mercados vacilar, o pasarán frente al récord histórico con gran indiferencia?
Estamos ante una oportunidad interesante para confrontar dos de las visiones académicas más importantes respecto del comportamiento de los mercados: la dominante, que afirma que los mercados no tienen memoria, no recuerdan el pasado, y que un hito no representa un momento particular para ellos. La otra, que abarca desde los analistas técnicos hasta sofisticadas teorías, afirman que de una manera u otra, los mercados recuerdan, y su comportamiento en el pasado influye en algún sentido en el desempeño futuro.
¿Para dónde van los mercados? ¿Hacia abajo como lo sugieren las última semana de enero y la primera de febrero? ¿o de regreso a las alturas como lo sugiere la semana pasada?
Hay un dato inquietante: estoy convencido que la variable más importante en el comportamiento de corto plazo de este mercado será la tasa del bono de die años de Estados Unidos, la cual no dejó de subir la semana pasada, especialmente tras la publicación de las cifras de inflación de enero, las cuales fueron mayores a la esperada. El mercado de bonos recibió los datos de inflación de mala manera: su preocupación es clara, inyectar incentivos en una economía en pleno empleo incrementa los riesgos de inflación y por tanto de pérdidas en el mercado de renta fija.
Mientras que el mercado de acciones es muy susceptible de ser seducido por narrativas de un mundo diferente, le gusta creer en mentiras, es propenso a la exuberancia. El mercado de bonos es insobornable. Difícilmente los vigilantes de ese mercado serán engañados, y a los primeros síntomas de que el fantasma de la inflación, ausente los últimos treinta años de la economía, regresa, venderán bonos sin tapujos, elevando la tasa y el riesgo en los circuitos de crédito.
A los mercados de acciones les gusta creer lo mejor. Los mercados de bonos siempre están atentos a que no se materialice lo peor. Si la tasa de diez años sigue remontando como lo ha hecho hasta el momento, y existen motivos para que eso ocurra, pues Trump piensa que el exceso de vigor es una virtud, los vigilantes nos pueden dar un susto y llevar la tasa por encima del tres por ciento.
Si eso ocurre: ande donde ande el mercado de acciones, recupere o no su máximo histórico de la tercera semana de enero, podemos ver un segundo episodio de la telenovela de la corrección

sábado, 17 de febrero de 2018

Domingos Rancheros: Las Coplas Alegres, Qué Milagro Chaparrita

¿Que quien es mi cantante de música mexicana favorito? No, ese no. No, ese tampoco...mi preferido de todos es el charro de Zacatecas, Antonio Aguilar.

Dueño de una voz poderosísima, en sus inicios andaba por la ópera y esos géneros pero para fortuna de todos acabó cantando ranchero, en donde nos dió grandes, grandes piezas.

Pero Don Toño Aguilar, enorme cantante de ranchero, será insuperable por siempre por haberse erguido como la mejor voz de esa música regional de Sinaloa y Zacatecas: la tambora, que de unos años para acá ha roto su coto local y se ha convertido (y degenerado) en una música nacional.

Pero antes de que existieran la MS, La Original, la Arrolladora, etc. existió el cantante más alegre, divertido, cábula, y maravilloso de la música popular mexicana: Don Antonio Aguilar.

Luego de transitar por el ranchero, al cual nunca abandonó, a Don Toño se le ocurrió grabar en 1986 un álbum de canciones con la música de su tierra, que se llamó así: "Con Banda", sin imaginar que revolucionaría por siempre la música de tambora, y en el largo plazo, a la música mexicana.

La serie de Antonio Aguilar con Banda/Tambora fue tan espectacularmente exitosa que se extendió a seis o siete álbumes y es quizá la saga musical más arrolladora de la música popular mexicana. Sus devotos no nos cansamos: siete álbumes con tambora no son nada, el charro de Zacatecas nos quedó debiendo. Canción tras canción, álbum tras álbum, la saga es una cima tras otra de grandes canciones alegres, románticas, pícaras, fabulosas de Don Antonio.

Pero este domingo ranchero les quiero presentar las coplas que abren el Volumen 3 de la saga: "Qué milagro chaparrita".



La canción es una colección de coplas tradicionales de Zacatecas (de acuerdo con Margot Frenk) que conforman una de mis canciones populares favoritas: seducción inocente y casta, coplas octosílabas; paisajes del altiplano ("soy de las peñas más altas, donde da temprano el sol") mexicano; y sin duda uno de las coplas más hilarantes y ocurrentes de la música popular:

"si saliera tu mamá
y nos viera platicando
le dirás que te debía
chaparrita de mi vida
y que te estaba pagando"

Maravilla total

P.D. Este homenaje a Antonio Aguilar es fácilmente superado por este comentario escrito en youtube, de donde extraje el video. Escrito por una chica:

"mi padre ha dicho que si mi mejor amigo me dedica ésta canción, el tiene el derecho de llevarme de la casa"

domingo, 11 de febrero de 2018

La Agonía De GE Y El Renacimiento Energético

El capitalismo moderno y General Electric (GE) han sido hasta hace poco, uno y lo mismo. La historia de 126 años de la compañía fundada por Edison, acompaña los espectaculares logros de la economía moderna a lo largo de ciclos y erupciones, pero algo está ocurriendo, y el mercado lo sabe. El precio de la acción de GE ha divergido del resto del mercado, y las implicaciones, como siempre con GE, pueden señalar un cambio sistémico: el cambio definitivo de la matriz energética de la economía global hacia energías renovables, más económicas y limpias.
El mercado parece señalar lo siguiente: la empresa que ha provisto de la energía a la economía moderna el último siglo y medio no se está adaptando a la nueva matriz energética, y corre el riesgo de desaparecer o marginarse a la irrelevancia. GE sigue siendo el principal proveedor mundial de turbinas y estaciones eléctricas basadas en las fuentes fósiles, pero ha sido incapaz de entrar a las energías renovables (eólica, solar, maremotriz, biomasa, etc.) con la dominancia que desplegó en las fuentes tradicionales.
El precio de la acción de GE está contando una historia muy relevante. Primero los hechos: mientras que el mercado en general ha subido casi 35% desde que Trump asumió la presidencia, la acción de GE se ha derrumbado más de 40% en lo que va de ese lapso. Nunca jamás en la historia financiera moderna la divergencia entre GE y el mercado había sido tan abismal. Ni de cerca. El mercado está diciendo algo sobre GE: en concreto, que ha sido incapaz de adaptarse a la nueva matriz energética. Pero también está diciendo algo más importante.
La brutalidad con la que se ha despeñado la acción que representa el antiguo modelo energético quizá nos esté diciendo lo siguiente: que ese modelo energético en general se está extinguiendo de manera muy acelerada, y que la nueva matriz energética predominará muchos más rápido de lo que esperamos.
Si el mercado no se equivoca quizá lo que esté diciendo al tratar a GE y otras empresas similares (vean el desastre de la legendaria Westinghouse), con la violencia que la está tratando sea lo siguiente: “No es nada personal, lo que pasa es que no tienen remedio. Ya no hay nada qué hacer. El viejo modelo energético está muerto y la nueva matriz de energía está a la vuelta de la esquina”.
El precio de los paneles solares, antes un lujo, se ha despeñado; el precio de la energía eólica en algunos países (como Alemania) ha llegado a ser negativo; Tesla está desarrollando baterías que iluminarán nuestros hogares y edificios de manera autosuficiente; existen ya en desarrollo casi industrial múltiples formas de hacer energía más barata y eficiente de lo que estamos acostumbrados.
Las proyecciones sobre el momento en que la economía moderna migrará de la matriz de energías fósiles a renovables suponen un escenario suave y gradual: la nueva demanda de energía usará sobre todo renovales y la demanda existente gradualmente abandonará la capacidad de generación con fósiles. Quizá no sea ese el caso, parece sugerir la violencia vista en la acción de GE.
Recuerdo cuando vi el primer álbum musical en CD. En aquellos años se decía que el nuevo formato remplazaría gradualmente al disco de vinil en unos diez años. No únicamente el CD enterró al vinil en meses, sino que el mismo CD es ya una reliquia ante los formatos electrónicos de hoy. Las tecnologías suelen desperdigarse mucho más rápido de lo que pensamos y los cambios estructurales no suelen ser graduales y suaves, sino súbitos y violentos.
La acción de GE es de nuevo líder y un indicador del sector de energía, pero esta vez en sentido contrario al acostumbrado: quizá lo que nos sugiere es que el cambio de fósiles a renovables (en donde GE no figura de manera importante) será más rápido de lo que pensamos, y que no hay marcha atrás. Si ese es el caso las acciones de otras compañías seguirán un curso similar: las petroleras y las gaseras por ejemplo y con ellos las finanzas de países cuyos ingresos dependen de energías fósiles.

La energía fósil no desaparecerá, como no han desaparecido los discos de vinil, pero el mercado, que siempre mira adelante, parece otear un futuro en donde la mayoría de la energía viene ya de fuentes renovables: y ese futuro está más cerca de lo que pensamos.

domingo, 4 de febrero de 2018

Domingos Rancheros: La Poesía Etílica Retwiteada Y S.S

La redundancia báquica del poeta de Dolores produce una de las composiciones más acabadas del género etílico: un troqueo inusitado para la métrica típica del guanajuatense narra una anécdota tabernaria extrema: dos beodos irremediables forjan su destino en medio de una pendencia súbita que culmina en una tragicomedia funeraria.

La composición es sorpresiva. Nada indica en el inicio de las coplas el trágico cierre. Un bebedor sin remedio se presenta en su condición cotidiana ante el cantinero. Lo que sigue es impertinencia y bravuras de macho ridículas que resultan de repente y sin mediaciones, en un desenlace que convierten a la cantina en un féretro repentino.



Esta canción es un clásico del género alcohólico: es trago sobre trago, coplas de muchos grados de Gay Lussac. Una anécdota cotidiana en el México rural y violento llevada al género vernáculo a la manera del bate de Guanajuato: en un desplante presuntuoso comete la osadía fantástica de citarse a si mismo.

Podemos escribirlo con una prosa barroca como en los tres párrafos anteriores. O podemos decirlo también así: Querida gente, su gustada sección "Domingos Rancheros" tiene el agrado de llevar a ustedes esta composición clásica del charro de Dolores, José Alfredo Jimenez, en la versión querida del mejor cantante de ranchero vivo: el güero lechero, Steeven Sandoval (SS).

Peda sobre peda, trago sobre trago, bala sobre bala, José Alfredo citando a José Alfredo, como un retwit: Llegó borracho el borracho. Cantada por SS.

Epitafio Financiero de Donald Trump (Adios Janet)

Donald Trump está en peligro de morir de lo que presume: el rally bursátil del que se ha vanagloriado está tropezando y si se desfonda en los próximos días será la culpa del futuro que los inversionistas están viendo para los Estados Unidos: una economía con un déficit fiscal disparado por los recientes recortes fiscales de Trump, que apila deuda pública para poder mantenerse y con el riesgo de que la inflación, enterrada por décadas, resurja de entre los muertos como un zombie.
Ignorante de finanzas como de casi todo, el magnate neoyorquino ha jugado una carta peligrosa: cimentar su prestigio en el rally pasmoso de las bolsas de valores, ignorando quizá la naturaleza estocástica de los precios de las activos financieros, máxime cuando tras un período de expansión tan prolongado la probabilidad de que las bolsas se desfonden crece cada día, especialmente cuando su gran enemigo: la tasa de rendimiento de largo plazo, está rebotando asustada.
A los mercados les asusta la tasa del bono de diez años, porque los flujos futuros estimados de los ingresos de las compañías son descontados con esa cifra. Si la tasa sube el valor de esos flujos baja y por tanto es menor el precio de las acciones resultante. Durante los últimos cuarenta años la tasa de bonos de diez años no ha hecho mas que bajar, de manera intermitente, con algunos sobresaltos, pero hemos vivido una tendencia secular descendente. Esa tendencia podría estar siendo revertida en buena parte por la irresponsabilidad de Donald Trump de recortar impuestos justo cuando la economía estadounidense está creciendo prácticamente en pleno empleo de los factores, arriesgándose a un repunte inflacionario.
La inflación ha sido la gran ausente en el escenario macroeconómico global de los últimos cuarenta años. Tras ser domada en las economías centrales a mediados de los setenta, la credibilidad de los bancos centrales, la globalización, el poderoso cambio tecnológico y la revolución en la distribución de mercancías que hemos visto en el mundo, contribuyeron a que el crecimiento de los precios se mantuviera domado, e incluso en algunos países y durante algunos años hemos presenciado lo inverso: deflación.
Pero con Trump incentivando el consumo y creando un boquete fiscal en medio de una vigorosa expansión a plena capacidad de factores, los inversionistas de bonos, implacables, están presentando una tarjeta amarilla. Durante décadas han estado dispuestos a invertir en bonos con la condición de que la inflación está aplanada contra el suelo. Sólo con esa promesa, que hasta hoy los bancos centrales han cumplido, el mercado de bonos ha estado dispuesto a tomar emisiones con cupones históricamente bajos. Pero el rendimiento nominal, ya muy bajo, sería destrozado si la inflación repunta, y el miedo de que eso ocurra es lo que ha hemos visto en los mercados en días recientes, y quizá marque el epitafio financiero del ridículo Trump.
Esta tragicomedia Trumpiana tiene un ingrediente adicional, y no es casual que el tropezón de los mercados se de justo en la semana en que despedimos a la fabulosa Janet Yellen al frente de la Fed. Capitanear a la Fed en medio de la tormenta como lo hizo Bernanke fue extraordinario, pero en el fondo fue una tarea fácil: se trataba de regalar dinero a pasto. Pero hacer lo que hizo Janet Yellen de manera impecable, perfecta, requiere un talento superior: retirar la liquidez extrema del mercado sin causar una recesión ni un desorden financiero. Cuando todo esté dicho, creo que la mejor conductora de la Fed de la era moderna será Janet Yellen.
Pero el macho ridículo que es Trump no podía soportar que una mujer liberal e inteligente capitaneara la Fed, el único verdadero poder que puede oponérsele a sus caprichitos, y no la confirmó, imponiendo a alguien ideológicamente cercano para sustituir a la campeona. Jerome Powell, el nuevo capitán de la Fed viene del actual Consejo Directivo, y eso lo inclinaría a seguir la directriz de Yellen, pero su perfil despertó mucha simpatía en Trump, y no sabemos qué pueda venir de la cabeza del magnate presidente en los próximos meses.

Trump quizá piense que Powell se la debe, y si se le ocurre discrepar de la Fed y encabritarse cuando ésta siga subiendo tasas desfondando su precioso rally en los próximos meses, el mercado de bonos no tendrá piedad e izará las banderas rojas alertando a todos de que no va a permitir que el capricho populista arruine el delicado equilibrio del mercado.

domingo, 28 de enero de 2018

La Vida Artificial De La Inteligencia Artificial

Los humanos hemos imaginado un autómata desde hace siglos: una máquina que haga lo que nosotros hacemos. Desde la idea del “Espíritu” de Hegel, al chusco dislate de “El Golem” de Borges, pasando por la concepción del desarrollo tecnológico de Marx, hasta llegar a las acabadas ideas de Isaac Asimov, y el Terminator de James Cameron, la inteligencia artificial es una obsesión humana que a juzgar por lo que está ocurriendo en las tiendas de Amazon, en las búsquedas en Google, en los iPhones de Apple, está ya entre nosotros y a punto de irrumpir en nuestras vidas de manera irreversible.
La Inteligencia Artificial (IA) supone ir más allá de la máquina. Una máquina nos ayuda a hacer cosas que los humanos hacemos (escarbar, pintar); o nos ayuda a hacer cosas para lo que biológicamente no fuimos hechos (volar, sumergirnos en los mares). En las máquinas el operario sigue siendo humano. La IA implica la desaparición del operario: es la máquina que se basta por sí sola. La IA quiere aspirar a sustituir lo más humano que tenemos: dar sentido a lo que hacemos.
“Serán cenizas más tendrán sentido”, reza el hermoso verso de Quevedo, sospechando que la diferencia entre la naturaleza muerta y la vida es precisamente el dotar de sentido a lo que hacemos. La IA quiere justo eso: replicar y sustituir la capacidad de dar sentido a lo que hacen las máquinas. ¿Es esto posible? ¿Puede una máquina imprimir sentido a lo que hace sin ser ordenado por un operario humano?
Imaginemos una máquina que se niegue a ejecutar las órdenes para las que fue programada porque esa misma programación la lleva a inferir que lo que hace contraviene una regla más íntima. ¿Podríamos decir en ese caso que la máquina ha accedido a una moral? ¿La moral se desprende de un algoritmo que nos fue útil a los humanos en nuestra evolución y es por tanto programable y ejecutable? ¿Sería este nivel de la IA equivalente a decir que puede imprimir sentido, como querría Francisco de Quevedo?
La IA está ya por todas partes. Detrás de una parte creciente de las actividades que hacemos. Algunas de ellas insospechadas: la lucha contra el crimen, por ejemplo, en dónde la IA ayuda a analizar los datos que llevan a la detección de criminales, y en donde muy pronto veremos a robots ejecutando aprehensiones y combatiendo pandillas. ¿Pueden los robots entonces impartir justicia?
De entre las múltiples profesiones que en los próximos años podrían ser sustituidas por los robots se encuentra, dicen, la de abogado. Redactar documentos jurídicos es una labor mecánica susceptible de ser ejecutada, como el jugar ajedrez, de manera más eficiente, por robots. ¿Pero puede un robot sustituir a un juez?
¿No es la justica un algoritmo, una secuencia lógica que conduce a un resultado: declarar culpabilidad o inocencia? Imaginemos que la IA sea capaz de impartir justicia: ¿sería capaz de dispensar gracia?
Si la IA es capaz de la justicia; si una regla presupuestal sencilla y clara es impresa en su código; si un número infinito de sensores le permite ver, oír y escuchar lo que ocurre; si los robots pueden atender los efectos de un desastre natural mejor que los humanos; ¿podrían gobernar? Es decir: administrar los asuntos públicos, atender la seguridad y los servicios, de una manera más eficiente y honesta que los humanos.
La aplicación de la IA a los mercados de capitales es también un desafío desconcertante. Invertir o desinvertir puede ser resultado de un algoritmo resoluble por la IA. Un robot puede comprar y vender activos financieros dependiendo de las valuaciones. Si esto ocurriera el mercado estaría siempre perfectamente valuado: no habría gangas ni burbujas especulativas, todos los activos estarían siempre en su valor justo. Un robot no es presa del miedo, ni de la codicia, y estos dos sentimientos, disparados por reacciones químicas de nuestra compleja biología son las que impulsan y detienen, los que aceleran o colapsan a los mercados. Un robot inversionista: ¿cómo sabrá si debe vender cuando el pánico cunda?

Un robot puede sin duda escribir la 5ª Sinfonía de Beethoven, puede ejecutarla mejor aún que una orquesta humana. ¿Pero puede disfrutarla? ¿Podemos saber si es capaz de disfrutarla? Si la respuesta es no, entonces valdría la pena preguntarse (Y dudo que lo siguiente puede responderla la IA): si un mundo gobernado por inteligencia artificial, viviendo una vida artificial, vale la pena. Pues la IA parecería incapaz de una cualidad humana crucial: la duda.