sábado, 25 de noviembre de 2023

La Amarga Economía Del Jugo De Naranja

Si usted hubiera invertido en comprar jugo de naranja en la bolsa de mercancías de Chicago el primer día de este año, en este momento llevaría ganado poco más de 95 por ciento, y habría ganado cerca de 270 por ciento desde enero de 2022. ¿Por qué una de las mercancías menos sofisticadas ha remontado de esa manera tan espectacular en 2022-2023? Ha superado al Nasdaq, o a Apple, a Bitcoin o a Amazon. La respuesta es compleja, y tiene que ver con lo que típicamente mueve a los mercados: la oferta y la demanda, pero en este caso hay un amargo ingrediente adicional: el cambio climático.

El cambio climático es como ciertos trastornos mentales de las personas: difícil de diagnosticar porque todo parece normal, pero por aquí y por allá hay señales, algunos indicios de que, en efecto, el mal se asoma en eventos inusuales, en episodios atípicos. Parece ser que detrás del increíble ascenso de los precios del jugo de naranja se encuentra el efecto sensible del calentamiento global.

El jugo de naranja no es la única mercancía alimenticia cuyo precio ha tenido un buen año, el del cacao ha saltado 78 por ciento; mientras que el del café ha remontado 10 por ciento. Contrario a la caída de 31 por ciento del trigo, o de 19 por ciento de la leche.

El jugo de naranja se vende al mayoreo, congelado, para optimizar su transporte. Sus dos grandes centros de comercialización, concentrando el 85 por ciento del mercado, son Sao Paulo, y en menor medida, Florida. Los principales productores son Brasil, los Estados Unidos, la Unión Europea, China y México. El líder, con mucho, es Brasil, el cual produce más de doble que el segundo lugar, China. México es el cuarto mayor productor de naranja del mundo, pero produce la cuarta parte que Brasil.

Las variaciones climáticas de los últimos años, junto con una bacteria específica, han menguado la producción en tres de los mayores productores: Brasil, México y los Estados Unidos, lo que ha creado una reducción sensible de la oferta global, agudizada por la mayor frecuencia y violencia de los huracanes en Florida.

Heladas tardías en Florida, calores extremos y sequías en México y Brasil, ciclones más frecuentes. El clima es claramente la variable más importante en la remontada del precio de la naranja y su jugo, lo cual ha sido benéfico para los vendedores, pero mala noticia para sus compradores, quienes además han enfrentado una carestía generalizada en el resto de los bienes y servicios.

Solamente en Florida, el referente para el mercado estadounidense, los rendimientos de las plantaciones de naranja cayeron a sus menores niveles en casi un siglo, desde los 1930s, debido a las variaciones climáticas, y meteorológicas ya comentadas, así como a la plaga conocida como “greening”. Hace veinte años, por ejemplo, los rendimientos eran hasta quince veces mayores que los esperados para la cosecha 2023-2024.

A diferencia de los granos, la naranja tiene una oferta muy inelástica: no se pueden plantar y cosechar árboles de un año para otro. Un árbol plantado hoy tarde cerca de seis años en dar sus primeras naranjas. 

En Brasil, quien tiene la fortuna de estar aislado de huracanes y heladas, el calor inusual es el responsable de que la producción estimada para este año sea 1.5 por ciento menor a la del año pasado. Dado que Brasil aporta un tercio de la producción mundial, incluso esa reducción aparentemente pequeña representa un monto absoluto importante.

Por último, la producción mexicana ha sido especialmente afectada por la larga sequía que ha asolado a nuestro territorio los últimos años, así como por el aumento en la temperatura, que reduce el rendimiento de los naranjales.

Por supuesto que existe también un componente especulativo en este fenómeno. Como mencionamos, el mercado de jugo de naranja está altamente concentrado en Brasil, y en menor medida, en Florida. Por su naturaleza, los inventarios son pequeños, y la liquidez en el mercado es baja, así que este mercado es susceptible de que algunos pocos jugadores puedan moverlo en su provecho.

Historias similares podemos encontrar en otros alimentos: el cacao, el café, las aceitunas, el arroz, y más recientemente, el azúcar, cuyo precio se ha disparado debido a caídas significativas en el rendimiento de los cañaverales. Los precios del cacao, por su parte, llegaron a máximos de cuarentaicinco años debido a la sequía extrema en Costa de Marfil y Ghana, dos de los mayores productores mundiales.

La serie de huracanes, cada vez más violentos y dañinos, que ha diezmado la población de naranjales en Florida, reduciendo su producción esperada a la menor en un siglo, es una evidencia posible de que los efectos del cambio climático sean permanentes y con efectos de largo plazo sobre los precios de un conjunto importante de alimentos. Los naranjales perdidos por ciclones, plagas, sequía o heladas inusuales, demorarán años en reponerse, lo que implicará mayores precios para los consumidores en muchos mercados.

El cambio climático debe de ser reconocido ya como el factor de mayor riesgo para la inflación global en el largo plazo. Ciertamente, si mañana los mayores precios reducen su consumo y sustituimos en nuestro desayuno el jugo de naranja por agua, los precios de aquél caerán, y lo mismo pasará con el chocolate. Pero un fruto tras otro está siendo afectados por factores climáticos, y puede llegar al punto en que ni el mecanismo de precios pueda salvarnos de un futuro más caliente, y más caro.

sábado, 18 de noviembre de 2023

Acapulco: El Mercado No Debe Ser Quien Reconstruya

A lo largo de los años una ciudad es moldeada por varios factores: la tradición, la interacción entre sus habitantes, el azar, los fenómenos naturales, el mercado, la corrupción y la avaricia, o el talento de sus arquitectos. Las mejores ciudades, las más bonitas, son aquellas en donde predominan visiones armónicas de urbanistas por sobre el mercado. Acapulco, alguna vez ejemplo urbano, fue desordenado por el mercado, y la corrupción. Su reconstrucción deberá de ser regida prioritariamente por una visión urbana armónica, no por el mercado inmobiliario.

Cuando la emergencia en Acapulco haya sido superada- Cuando se haya restablecido la normalidad cotidiana mínima, y Acapulco y sus habitantes recuperen su normalidad, llegará el momento para que discutan la reconstrucción de su ciudad sobre una base distinta a la que fue arrasada por la furia inaudita de Otis.

Los desastres naturales son una de las fuerzas que cincelan a las ciudades. Las bellas ciudades holandesas se edificaron ante la continua amenaza de su destrucción por el mar del norte; la Ciudad de México se ha erigido, bella y resistente, en medio del hundimiento de su cuenca, y de la espada telúrica; los incendios cincelaron a Londres; los temblores a San Francisco.

Acapulco se encuentra sobre una de las bahías naturales más bellas del mundo. En los años 50 del siglo pasado rivalizaba con la Costa Azul francesa y otros destinos exclusivos; servía de locación de películas; grandes novelas (como “Se está haciendo tarde”, del acapulqueño José Agustín) la tomaban como escenario; era una joya turística.

Pero el crecimiento acelerado de su economía y población, junto con la corrupción de sus gobiernos, la voracidad inmobiliaria, una sociedad civil débil que no puso en su agenda la planeación urbana, resultaron en una deformación desagradable de la ciudad, la cual se convirtió en una metrópoli caótica e inviable, dividida en dos: una ciudad para el disfrute de los pudientes e influyentes, y la otra, masiva y fea, en donde viven los más necesitados.

La buena economía necesita de buen urbanismo. Las ciudades más ricas son ciudades bonitas que han sabido resolver los problemas fundamentales que retan a toda aglomeración: la movilidad, el espacio público, el balance entre transporte público y privado, y la prevalencia del peatón por sobre los vehículos. Las mejores ciudades deben ser atractivas para el talento y la inversión, pero privilegiando la convivencia, no únicamente entre las distintas clases sociales, sino entre el auto y el peatón, entre el trabajo y el disfrute, entre el mercado y la planeación.

El Acapulco que resurja de esta tragedia deberá de ser caminable; contar con un balance entre el transporte público y el privado; deberá de equilibrar las necesidades de los turistas, con la de sus habitantes permanentes; deberá de ser una ciudad disfrutable no nada más los fines de semana sino en los días hábiles; deberá de contar con un continuo de espacio público (y no nada más un parque) en donde puedan convivir todos; deberá de ser arbolado y vegetal; deberá de ser como una vez fue, una joya urbana envidiada por todos, antes de ser avasallada por el crecimiento demográfico y la corrupción inmobiliaria.

Para que ello ocurra es muy importante que el mercado inmobiliario funcione, pero dentro de un plan, dentro de una idea urbana que surja de un concepto forjado por el buen urbanismo y el consenso social. No debe ser el mercado quien imponga la solución de la reconstrucción, pues podría resultar en un resurgimiento fallido.

Primero deberá de ser el trazo urbano. Primero deberá de ser el orden de las densidades, de los usos de suelo, priorizar la convivencia y el balance entre la ciudad turística y la ciudad de los acapulqueños. Primero deberá de ser la maqueta, y luego el mercado.

Como el mercado no es alguien, es imposible sentarse con él y explicarle. Por eso, cuando se trata de un bien común, como es una ciudad, es el representante de la sociedad, el gobierno, quien debe de establecer las reglas sobre las cuales debe de funcionar el mercado.

Las ciudades, que son una aglomeración de propiedades privadas, acaban siendo un bien común. No me pertenece la Torre BBVA sobre la avenida Reforma en la Ciudad de México. No me pertenece Reforma, ni sus bellos camellones. Pero la Ciudad de México si es mía, me pertenece cuando la camino y la transito. Las ciudades son bienes públicos, es decir, de consumo no exclusivo, ni rival. Mi disfrute de Acapulco no excluye que alguien más lo disfrute. El mercado de bienes públicos debe de ser regulado por el gobierno, y no determinados por el mercado, como ocurre con los bienes privados.

Los inversionistas financiarán la reconstrucción de Acapulco, pero sobre el plan que los urbanistas, arquitectos y ciudadanos propongan. Las mejores ciudades son aquellas en donde un concepto urbano precede al financiamiento inmobiliario. La reconstrucción de Acapulco no se merece menos.

domingo, 12 de noviembre de 2023

El Tiempo Si Regresa: Vuelve La Liberación de Ucrania

¿Por qué estudiar la segunda guerra mundial? Porque sus efectos fueron tan profundos que siguen reverberando en la economía y la geopolítica actuales. Basta recordar lo siguiente: la capital de Ucrania, Kiev, era liberada de las manos del ejército invasor hace exactamente ochenta años. Pero el invasor era la Alemania Nazi, y el libertador era el imparable ejército rojo, en donde ucranianos y rusos eran uno y lo mismo en el esfuerzo para recuperar el territorio de la entonces Unión Soviética. Podemos ignorarlo a nuestras expensas, pero el destino del mundo se ha decidido más veces en las llanuras del este europeo que en casi cualquier otro lugar del planeta.

Si a dos soldados del formidable ejército rojo, un ruso y un ucraniano, que en el invierno de 1943 estaban luchando contra los nazis por la liberación de la tercera mayor ciudad de la Unión Soviética, Kiev, les hubieran dicho que ochenta años después sus nietos estarán matándose el uno al otro por la misma ciudad, no lo hubieran creído nunca 

No únicamente Napoleón y Hitler. Desde las hordas mongolas, los hunos, los tártaros, todos los grandes imperios han puesto sus ojos sobre la vastísima y fértil llanura, cruzada por múltiples ríos, localizada entre los montes Urales y el Mar Negro. Esa zona incluye el cuerpo de agua dulce más vasto del mundo: el Mar Caspio, y ha sido por milenios, el granero que alimenta a millones de personas a lo largo de dos continentes.

La conquista de esas llanuras, desde hace siglos, por parte de las naciones eslavas, las convirtieron en una potencia global desde hace un milenio- Ya sea por separado, o agrupados por Rusia, las naciones eslavas han controlado el trigo, la cebada, el mijo, el ganado, los metales y minerales, que Europa y Asia necesitan. 

Los eslavos cuentan, actualmente, con alrededor de 200 millones de habitantes, repartidos en media docena de países. Historiadores y estrategas militares se han hecho por siglos la misma pregunta: ¿Cómo un pueblo de población relativamente tan modesta pudo controlar la mayor extensión territorial en la historia de la humanidad? 

Una forma de responder la pregunta anterior es, justamente, estudiar la historia de la segunda guerra mundial, especialmente en su parte más decisiva: el frente oriental, el infernal enfrentamiento entre el ejército nazi y el ejército rojo. En el primer año de la invasión, los nazis estuvieron a sesenta kilómetros de Moscú. Un año después lograron capturar el ochenta por ciento de Stalingrado. A pesar de las colosales pérdidas humanas y materiales, en el borde del colapso y la derrota, los eslavos lograron no únicamente detener a los nazis, sino que los derrotaron, los hicieron retroceder, y dos años después, tomaban Berlín, la capital del tercer Reich.

Los nazis aprendieron, a costa de su derrota, lo que los mongoles, árabes, griegos y franceses supieron antes: la resistencia de los eslavos a la adversidad; su capacidad de suplantar la estrategia militar por el sacrificio de vidas humanas; la ferocidad en el combate.

¿Qué pasa entonces cuando dos naciones eslavas se enfrentan? Lo que ocurre desde hace dos años en Ucrania: el estancamiento de las hostilidades. Más allá de la ilusión óptica de un enfrentamiento Rusia-Ucrania, estamos frente a una guerra civil. Putin arguye que Ucrania no es ni siquiera una nación. Los ucranianos podrían decir lo mismo de Rusia, cuyo origen histórico es justo, la Rus de Kiev.

Es normal que desde México miremos la situación en Europa del Este bajo la óptica europea/estadounidense. Es una región tan ajena a nosotros histórica y geográficamente, que necesariamente adoptamos la visión más cercana a nosotros. Pero si entendiéramos lo que los territorios ucraniano, bielorruso, ruso y cosaco significaron en la Segunda Guerra Mundial, y cómo los más de veinte millones de muertos soviéticos siguen pesando como fantasmas en el alma de las naciones eslavas, quizá ganaríamos precisión en la naturaleza y la perspectiva del conflicto.

En agosto de hace ochenta años, alrededor de la ciudad ucraniana de Kursk, se llevó a cabo la mayor batalla en la historia de la humanidad. Unos meses después, en noviembre de 1943, Kiev era liberada. Diecisiete meses después, el ejército rojo, formado por rusos y ucranianos, había avanzado 1,364 kilómetros, hasta el búnker de Hitler en Berlín. 

Ocho décadas después, el equilibrio geopolítico del mundo se define en las mismas tierras. Pero va más allá: los mercados de materias primas y el de energía son también afectados por la exclusión de dos de los mayores proveedores de insumos en el mundo, lo que está afectando la perspectiva de inflación en nivel global.

Estamos acostumbrados a pensar en el tiempo físico, el cual es una progresión lineal que no regresa más. Pero el tiempo histórico no es una línea recta, es más bien un rizo espiral que asciende: ochenta años después el destino de Eurasia se decide en las mismas llanuras, en las naciones eslavas. Como si ocho décadas no hubieran transcurrido nunca, y se abriera una puerta en el tiempo que nos conectara con la segunda guerra mundial, la cual nunca se ha ido.

 

domingo, 5 de noviembre de 2023

¿Pueden Las Finanzas Salvar Al Mundo? No

No es descartable que la sorpresa y la violencia meteorológica que azotaron al puerto de Acapulco respondan al calentamiento global. Las estadísticas son irrefutables, la temperatura promedio del planeta crece constantemente desde hace décadas y cada verano implanta nuevos máximos de calor. Lo anterior es muy probable que esté detrás de la mayor frecuencia y fuerza de ciclones, huracanes y tornados. ¿Qué hacer?, ¿Es demasiado tarde?, ¿Pueden las finanzas salvar el mundo? No. Pero si pueden ayudarnos un poco.

Antes que científicos y meteorólogos sistematizaran el problema del calentamiento global, un economista inglés, de la era victoriana, había ya pensado cómo poder resolver el problema: mediante impuestos.

Alfred Pigou razonó que en toda producción de bienes se producen también males. Al producir un auto por ejemplo, las minas de las cuales salen los minerales que se transforman en acero, devastan la tierra; y la producción misma del auto emite contaminantes y desechos. Si el bien producido en el proceso tiene un precio, el mal que lo acompaña debe también tener un precio, en su caso un precio negativo: un impuesto.

Al producir y vender un auto, por ejemplo, el consumo y disfrute del mismo es privado, pero el daño que causa su producción y uso son públicos: todos padecemos la devastación de las mineras e inhalamos el carbono emitido por el escape. Quien la hace, la paga, dice el refrán: ¿cómo hacer que aquellos que contaminemos, paguemos el daño que hacemos?

De nuevo, a través de penas, multas o impuestos. Pero el problema es la medición: ¿Cuánto del daño que las minas hicieron, y de la contaminación de la fábrica que lo armó, tengo que pagar yo por comprar el auto? ¿Cómo sabría el SAT cuánto smog produzco al manejar? ¿Cómo me cobraría el impuesto correspondiente?

Los llamados impuestos pigouvianos son un concepto muy poderoso teóricamente, pero su instrumentación es harto difícil. ¿Y los cada vez más famosos bonos verdes?

Las finanzas, esa rama de la economía que se encarga de analizar los mercados y de diseñar mecanismos para financiar todo lo que hacemos, ha ayudado a conseguir dinero para todas aquellas empresas y proyectos que causan el calentamiento global: ¿Podría a su vez ayudar a conseguir los recursos para salvar al planeta de su colapso ecológico y ambiental?

Si. Podría ayudar. Pero no es la solución al problema.

Los bonos verdes son una solución sub-óptima al problema descubierto por Pigou. Si no podemos gravar los actos contaminantes, al menos incentivemos a aquellos que van a reducir la contaminación. 

Los bonos verdes, y de otros colores, buscan tres cosas: privilegiar el financiamiento de aquellas actividades que reduzcan las emisiones de carbono; medir la reducción de las emisiones; y mediante el seguimiento durante la vida del bono de la reducción de emisiones, compromete a los emisores (públicos y privados) a tener plena consciencia de contaminar menos e incentivar aquello que contribuya a combatir el cambio climático.

La mayor responsabilidad para incentivar el mercado de bonos verdes debería de recaer sobre aquellos que más contaminan. ¿Quiénes son? La respuesta es fácil de dar, pero muy complicada de operar.

En el nivel de los países la respuesta es inmediata: China, Estados Unidos, India y la Unión Europea, los países más poblados y ricos son los mayores emisores de gases de efecto invernadero a la atmósfera, lo cual es la principal causa del calentamiento global. 

Pero si queremos instrumentar una política debemos de llegar al emisor de carbono concreto, y allí es donde todo se complica.

En el nivel de industrias, la mayor emisora de carbono es, abrumadoramente, la energía, con tres cuartas partes del total; seguida de la agricultura, con cerca del 12 por ciento; las manufacturas, con seis por ciento; la basura, con tres por ciento; y la deforestación con tres por ciento también.

En el nivel de las compañías, encabezadas por Saudi Aramco, las petroleras son las mayores emisoras de gases de efecto invernadero, así que, en ese aspecto, a un gobierno mundial, capaz de gravar a los emisores, no le sería difícil imponer un impuesto pigouviano a las petroleras. Pero no es tan fácil, cada país es distinto. Los republicanos en Estados Unidos, sólo como ejemplo, son financiados por los petroleros a cambio de una regulación laxa. Basta escuchar a Donald Trump.

Algo similar ocurre con la electricidad, donde los emisores son los grandes productores, quienes podrían soportar impuestos por contaminar, y repercutirnos a nosotros, los consumidores, una energía más cara…y eso ya no es tan fácil. La lucha contra el cambio climático implica mayores precios de la energía, y por esa vía, mayores precios en general.

Es más difícil incluso. Después de la energía, nuestra dieta moderna, rica en proteína animal, es la principal fuente de emisión de carbono. La crianza de res, puerco y pollo, y la generación del estiércol correspondiente, es uno de los mayores contribuyentes al efecto invernadero. Si queremos verdaderamente combatir el calentamiento global deberemos de reducir drásticamente nuestro consumo de carne, y comer más frutas y verduras. No basta emitir más bonos verdes. No será tan fácil.