domingo, 21 de julio de 2024

La Insoportable Fragilidad De Microsoft

Nuestra vida actual es mucho más fácil que la de nuestros ancestros. Pero más compleja. Esa complejidad transcurre de manera suave gracias a la imbricada tecnología que nos facilita todo nuestro quehacer cotidiano. Pero el reverso de la moneda de esa compleja facilidad es el riesgo de que cuando algo falla, los efectos pueden ser desproporcionados. La semana pasada fue, hasta hoy, el mejor ejemplo de lo anterior: el defecto de un pequeño detalle tecnológico acabó alterando el día a día de cientos de millones de personas, como si un huracán o un terremoto hubiera arrasado todo el planeta al mismo tiempo.

Pensemos en la vida cotidiana de hace un siglo: como cantó José Alfredo, las distancias apartan las ciudades, la comunicación entre personas estaba mediada por las distancias físicas de manera irremediable. La gran revolución de los transportes (el barco de vapor, luego el auto, y finalmente el avión), primero; y la revolución de las comunicaciones (teléfono, televisión, y finalmente, el internet), después, hicieron que la comunicación con cualquier persona en todo el mundo fuera de una facilidad inimaginable para el ciudadano de 1924.

Si pudiéramos viajar en el tiempo y decirles a nuestros abuelos niños, que del mundo en que venimos, es posible conversar, trabajar, hacer cirugías, o la guerra, en polos opuestos de la tierra, ni siquiera podrían imaginarlo.

Es simpático ver hoy cómo las películas de ciencia ficción hechas hace, digamos, cincuenta años, no alcanzaron a imaginar la complejidad de nuestro mundo. Salvo por los vehículos voladores, nuestro mundo actual es mucho más avanzado que el imaginado por los visionarios que lo soñaron en “Blade Runner”, “Regreso al Futuro”, o “Los Supersónicos”.

Recordemos esa última serie, esos dibujos animados que en la década de los setenta, narraban la vida cotidiana de una familia normal en un futuro impreciso en el tiempo. Para quienes imaginaron la vida futura de “los Supersónicos”, el colmo del avance tecnológico eran las videoconferencias. Pero estas eran fijas. No imaginaron nunca al teléfono móvil capaz de comunicarnos visualmente en cualquier parte. En “Blade Runner” Harrison Ford desciende de su patrulla voladora y entra a una cabina telefónica para hablar con su colega androide, con la cual está obsesionada; en otra escena, la policía del futuro hurga en unos cajones y se encuentra unas fotos polaroid, las cuales baraja rápidamente. Hace cuarenta años Hollywood imagino un mundo futuro en donde no existía el iPhone.

Pero el iPhone, y su competencia, son la tecnología capital de nuestros días. Son la herramienta que nos conecta individualmente con el ubicuo autómata global, la red de comunicaciones planetaria que une a todas las personas, empresas y gobiernos, en una invisible, pero complejísima urdimbre que nos tiene trabajando y consumiendo día y noche sin descanso en cualquier parte.

Ese tinglado inasible, no obstante, es una relojería de millones de piezas que funciona de manera impecable, como una amazonia informática, como un bioma tecnológico, perfectamente integrado en donde cada pieza necesita de las otras para funcionar ella misma, y así funcione la máquina completa. Por eso cuando una de esas piezas clave falla, la madeja completa se atora, y los efectos se sienten en todos los rincones del planeta, como ocurrió la semana pasada cuando una actualización de un software de seguridad de una compañía desconocida para el gran público interrumpió la vida cotidiana de cientos de millones de personas.

Un parche de seguridad informático, que debía actualizar de manera rutinaria los sistemas de Windows, de Microsoft, tuvo un defecto que causaba un apagón en los sistemas de esta compañía, que son los más ampliamente usados en las empresas, las familias y las telecomunicaciones del mundo. Para ser una falla tan pequeña, el daño sobre múltiples actividades en el mundo fue descomunal: miles de vuelos cancelados, empresas detenidas, servicios de todo tipo, bloqueados. Los medios calificaron al incidente como el mayor apagón tecnológico de la historia.

Hace cien años, lo que pasaba en un rincón del mundo era ajeno al resto. Hoy la intensa comunicación que gozamos tiene un costo, el de estar expuesto a que pequeñas fallas causen disrupciones desproporcionadas en vastas zonas del planeta.

La empresa detrás de la falla, Crowdstrike, era casi anónima más allá del mundo informático, especialista en combatir hackers y desarrollar parches de seguridad para las empresas líderes de software, como Microsoft. 

Que un detalle tan pequeño, proveniente de una empresas desconocida sea capaz de paralizar múltiples actividades en el mundo muestra la fragilidad que subyace en la compleja red que nos conecta a todos diariamente. No se requiere un plan maléfico por parte de una superpotencia para subvertir nuestra cotidianidad. Un error simple de una empresa cualquiera provoca una sacudida global sin comparación.

Nuestra vida diaria es más fácil que hace cien años, pero también es más frágil. El edificio que sostiene nuestro mundo conectado tiene cimientos que pueden no resistir una mariposa que aletea a su lado.

domingo, 14 de julio de 2024

La Verdadera Carrera de Autos: Se Trata de China Y Eléctricos

No es fácil ser un fabricante de auto estos días. La industria atraviesa su encrucijada más compleja en muchas décadas (algunos dicen que desde su creación), pero lo que sí es seguro es que en la próxima década el panorama del sector será completamente distinto a lo que es hoy: marcas centenarias desaparecerán, y nombres apenas conocidos serán los dominantes. Tres grandes fuerzas están cincelándolo: por un lado, la evolución hacia el auto eléctrico; por otro, la irrupción brutal de las automotrices Chinas en el mercado global; y por último, y en menor medida, la posibilidad del carro autónomo.

Veamos dos ejemplos: el primero, Stellantis, surgido de la fusión de tres marcas insignia de tres países distintos; la francesa Peugot; la italiana Fiat, y la estadounidense Jeep/Chrysler. El segundo, Volkswagen, la cual, hasta antes de la disrupción causada por el auto eléctrico, era la mayor fabricante de autos del mundo.

Los costos de desarrollar y vender un auto eléctrico, y/o autónomo son tan grandes, que no es posible que una marca la enfrente sola. Lo mismo aplica para montar una competencia contra los autos chinos, cuyas marcas se benefician de vender en el mayor mercado del mundo y con esos recursos financian su incursión en los mercados internacionales. Estos factores orillaron a las marcas que conforman Stellantis a fusionarse, para ahorrar costos y potenciar sus ingresos, conformando la cuarta mayor automotriz del mundo, ante la inviabilidad de seguir compitiendo individualmente.

Podría pensarse que es una cuestión de escala, que Peugot no era lo suficientemente grande como para sobrevivir sola. Pero veamos a Volkswagen, quien era la mayor automotriz, hasta que súbitamente los usuarios comenzaron a demandar autos eléctricos o híbridos, los cuales el gigante alemán, amo y señor de los autos de combustión interna, no producía.

La acción de Volkswagen da cuenta de las tribulaciones de la empresa teutona: luego de alcanzar un máximo en abril de 2021, su precio se ha desplomado 57 por ciento desde entonces, en lo que ha sido un derrumbe imparable de tres años, hasta un precio muy cercano al mínimo visto durante la pandemia.

La hecatombe financiera de Volkswagen se da en un período en que las acciones de la estadounidense Tesla, si bien con una acentuada volatilidad, se han multiplicado gracias a su oferta de autos eléctricos, mientras que las de su gran rival, la japonesa Toyota, han mostrado una muy firme recuperación gracias a su oferta de autos híbridos.

Para generaciones de consumidores, las marcas Volkswagen, Dodge o Fiat fueron sinónimos de autos, pero su supervivencia no está garantizada en los próximos años, en los cuales los consumidores querrán autos que emitan menos gases de efecto invernadero, al menor precio y de la mayor calidad posibles (y quizás, que sea autónomo). Y quien mejor está cumpliendo con lo que los consumidores requieren en este momento son los fabricantes de autos chinos.

Un auto nuevo se planea con cinco años de anticipación. Por ejemplo, la piel de los asientos, los materiales de los tableros, las piezas de los motores comienzan a cotizarse entre los proveedores con ese período de antelación. Pero, verbigracia, Vokswagen no sabe hoy si los consumidores en cinco años seguirán adoptando autos eléctricos o preferirán híbridos, si se rendirán al coche autónomo. No sabe si las medidas comerciales para detener la avalancha de importaciones de autos chinos seguirán vigentes en un lustro y podrá competirles. Dicen los que saben que el nivel de incertidumbre de los grandes fabricantes es inusitado, que no se había visto nunca.

China ya era desde 2008 el mayor productor de autos, pero en 2023 de convirtió en el mayor exportador, desbancando a Japón, y en 2024 se convirtió en el mayor mercado automotriz del mundo, desplazando por primera vez en la historia a Estados Unidos en la cima. Ese país es ya el corazón de esta industria, a quien todos quieren venderle, pero también el mayor exportador de coches, cuya calidad, eficiencia energética y precio están haciendo estragos entre los productores históricos de los otros países pues en muy corto tiempo se han ganado a una porción sorprendente de sus consumidores.

La velocidad con la que China se convirtió en la mayor potencia automotriz pescó a todos por sorpresa. Ocupados en la estrategia para competir con el auto eléctrico de Tesla, los productores tradicionales vieron como los autos eléctricos chinos inundaron los mercados en cuestión de meses, con una mezcla de calidad/precio difícil de igualar, haciendo temblar a los jugadores históricos sin importar su prosapia. Incluso los antes inexpugnables alemanes, como Mercedes o BMW, están siendo zarandeados por estos tres factores súbitos que han irrumpido en su centenaria hegemonía.

La industria automotriz es, de acuerdo con varios indicadores, la más importante de la economía mexicana, la cual es central para la estrategia de los grandes jugadores dentro de la encarnizada competencia global. La abrupta transformación en marcha en este sector presenta retos y oportunidades para nuestro país, los cuales hay que identificar y aprovechar.

 

domingo, 30 de junio de 2024

Copa América Vs Eurocopa: La Otra Historia

El calendario hizo que en esta ocasión los dos torneos continentales de futbol más importantes, la Copa América, y la Eurocopa, coincidieran en el tiempo. Hace cincuenta años el nivel entre ambas regiones era similar, hoy el futbol europeo avasalla, a pesar de la reciente victoria argentina en el mundial de Qatar. La Copa América no despliega el nivel futbolístico de la Eurocopa, pero a nivel económico las cosas son distintas. Por supuesto que la presencia de Estados Unidos inclina toda la balanza, pero es interesante ver cómo el nuevo continente se ha reconfigurado económicamente en las últimas décadas en esta otra competencia, en la que apabulla a la Eurocopa.

La diferencia más notable es la creciente brecha entre las economías de Estados Unidos y Europa. Hasta mediados de los años ochenta, ambas economías eran similares no únicamente en sus niveles de ingreso y riqueza, sino en su productividad. Con la irrupción de la primera oleada microelectrónica, la de la computadora personal, encabezada por IBM, Apple y otras empresas estadounidenses, comienza una deriva imparable entre ambas regiones que hasta el momento define la enorme brecha entre las dos.

Europa intentó competir con EEUU en el mercado de la computadora personal, con mediano éxito. Luego, la llegada de los teléfonos móviles vio un par de campeones europeos: Nokia y Ericsson que fueron sepultados con la irrupción del teléfono inteligente por parte de Apple. 

Pero la revolución provocada por internet, por los teléfonos inteligentes, por las apps, por las redes sociales, por la big data, las criptomonedas, por los autos eléctricos y ahora por la inteligencia artificial, ha tenido su origen y desarrollo en los Estados Unidos, especialmente en California y Texas. Europa ha estado ausente en las innovaciones relevantes de la economía en los últimos treinta años, convirtiéndose en una imitadora y adaptadora de las tecnologías generadas en América.

Lo anterior implica un efecto de muy largo plazo para el balance económico mundial, el cual depende de manera creciente de las nuevas y novísimas tecnologías generados en Silicon Valley.

Europa se ha convertido en una tierra de castillos y museos, en el destino de los fanáticos del fútbol, la moda y el ciclismo, en zona de cruceros por el mediterráneo, pero no en una región capaz de generar nuevas industrias capaces de transformar las estructuras existentes. 

Un dato sencillo y dramático ilustra el punto anterior. El valor de mercado de la mayor empresa del mundo, Microsoft, supera el valor de toda la bolsa de Londres, o de Frankfurt, o de París. Si, una sola empresa estadounidense vale más que todo el mercado de un país europeo.

Dentro de las veinte mayores empresas del mundo por valor de mercado se encuentran dieciséis estadounidenses, una saudí (Aramco); una taiwanesa (TSMC); y una china (Tencent). Solamente una empresa europea se encuentra entre las mayores veinte: la farmacéutica danesa Novo Nordisk, cuyo valor se ha inflado gracias a su droga anti obesidad. La empresa tecnológica europea más grande es la fabricante de chips neerlandesa ASML, y quien le sigue en tamaño es el emporio del lujo: LVMH, fabricante entre otras marcas, de Louis Vuitton. 

China es en este momento la única economía con el potencial de competir con California y Estados Unidos para generar las industrias del futuro. Financiadas por el Estado, un cúmulo de empresas de ese país se mueven en la frontera de la innovación y han sido capaces de competir con las empresas estadounidenses en un número de frentes. Pero tienen un flanco débil: los semiconductores y los lenguajes necesarios para esos desarrollos son estadounidenses. Sin los chips de su principal rival económico las empresas chinas tendrían que invertir en décadas de desarrollo propio para estar al nivel de competirles.

Los corredores del Tour de Francia saben que no pueden permitir que un grupo de ciclistas se escape demasiado del pelotón. A partir de cierta separación la fuga es irreversible, por lo que es necesario mantener la distancia en un rango manejable. En este caso el sector de alta tecnología parece haber abierto una brecha insalvable entre la Copa América y la Eurocopa, inversa a la situación que prevalece en el futbol: la distancia entre el futbol de equipos en Europa y América es inversamente proporcional a la que existe entre las empresas europeas y americanas de alta tecnología en aquellas ramas que son cruciales para el crecimiento futuro.

Ocurren excepciones por supuesto: Airbus supera a Boeing en la fabricación de aviones comerciales; las marcas de lujo francesas son insuperables en su campo; Ferrari no tiene igual al fabricar autos deportivos de lujo; la maquinaria industrial de precisión alemana sigue siendo la mejor del planeta.

Pero en la frontera de la tecnología, en donde se define la economía del próximo siglo, la ventaja de las empresas estadounidenses no nada más es abrumadora, sino creciente, y el pelotón del resto de las economía solo acierta a mirar cómo la aplanadora estadounidense, encabezada por California, se escapa sin remedio.

domingo, 23 de junio de 2024

La IA: Se Necesita Dinero Para Ser Rico

La economía moderna tiene un rasgo peculiar: las nuevas industrias requieren una inversión creciente para su desarrollo, lo que provoca que sólo los países que ya cuentan de por sí con capacidad de financiamiento, puedan a su vez financiar aquellas nuevas ramas que van a innovar a la economía global. En otras palabras, la inversión que requieren las nuevas industrias, como la Inteligencia Artificial (IA), es tal, que sólo los países más ricos pueden solventarla, y por tanto serán ellos quienes más se beneficien, resultando en un crecimiento en la brecha de desarrollo.

La economía moderna se fue desarrollando, geográficamente, por oleadas: iniciando con la revolución industrial en Inglaterra, expandiéndose después por Europa, seguido por Estados Unidos y Rusia, y al final llegando a los extremos de Asia y Latinoamérica.

La siderurgia es una industria que ayuda a ejemplificar este proceso. Iniciando en Inglaterra, Francia y Alemania, las mayores acereras del mundo son actualmente chinas, coreanas e hindús. El acero fue tan crucial para el desarrollo de las economías y las ciudades modernas, que su evolución fue vista como estratégica para el desarrollo nacional por lo que en muchas naciones esta industria fue subsidiada por los gobiernos con el fin de contar con un suministro asegurado de este insumo clave.

El desarrollo siderúrgico, y de otras industrias similares, representó en muchos países una presión fiscal considerable, que en ocasiones puso en aprietos sus balances, produciendo un ciclo intermitente de estancamiento-crecimiento debido a la insuficiencia de ahorro para financiar el desarrollo industrial, al punto de que, alrededor de los años ochenta del siglo pasado, la política industrial, que había sido un instrumento activo de los gobiernos, fue re-escalado con el fin de mejorar el balance fiscal.

Lo anterior es importante para comprender lo siguiente: son muy pocos los Estados que tendrían la capacidad de financiar una alternativa, o una competencia a la IA que en estos momentos se está generando en Estados Unidos por parte de un puñado de empresas. Más aún, son también poquísimas las compañías que podrían competir en términos del diseño y gestación de la IA con las empresas que en estos momentos están a la vanguardia.

El monto de la inversión para generar e implementar la IA es de tal tamaño, que sólo las mayores empresas del mundo, con recursos disponibles en sus cajas que superan las reservas internacionales de la mayoría de los países del mundo, y con un acceso a los mercados que no tienen ni siquiera algunas potencias globales, podrán enfrentar la inversión que requieren las nuevas industrias, basadas en IA y en otros nuevos desarrollos, como la explotación comercial del espacio.

La nueva riqueza de las naciones, el tema que dio origen a la economía como una profesión específica, dependerá para su crecimiento de esos sectores (IA, aeroespacial comercial, medicinas nuevas, etc.) cuyo desarrollo requiere una escala de inversión inédita. Ninguna industria en la historia moderna ha requerido la inversión que se requiere para sacar al mercado un ChatGPT ,o lo que viene. 

Esta pre-condición tendrá una implicación clara: los mayores beneficios de esas nuevas industrias se concentrarán en un puñado de empresas, y muy pocos países, agravando la concentración y la desigualdad entre naciones, empresas, sectores, y seguramente, también la población.

Regresemos a la siderurgia: para desarrollarla bastaba tener dinero, y contar con hierro y carbón. Tener recursos naturales era una ventaja. ChatGPT y los productos de la IA no tienen como insumo principal a las materias primas. Su ingrediente más importante es un grupo hiper especializado de programadores y de semiconductores que sólo media docena de empresas y un par de países en el mundo, pueden tener.

Adicional a ese escasísimo capital humano, la inversión en equipo para procesar la IA, la calidad de los chips que lo componen, y la energía necesaria para que corran son de una magnitud lejos del alcance de la mayoría de los países y empresas, y muy superior comparativamente a las inversiones que, en su momento, requirieron las industrias señeras del capitalismo contemporáneo: la textil, la siderúrgica, la automotriz, la computadora o internet.

Por el momento, estas nuevas industrias se están financiando a través de las empresas ya existentes: Apple, Microsoft, Google, Facebook, con fondos propios o prestados, son los principales financiadores de las novísimas tecnologías. Hasta hoy, son muy pocas las empresas de IA que han accedido directamente al mercado. Por eso el caso de Nvidia es tan importante.

Los chips que generan la IA son producidos por Nvidia, y los mercados parecen estar apostando a que esta empresa será la líder de la nueva economía, y por eso están financiándola directamente, con tal entusiasmo que el martes de la semana pasada se convirtió en la mayor empresa del mundo, superando a Microsoft y Apple. No siempre lo que los mercados dicen ocurre: suelen equivocarse, pero el mensaje parece claro, y aquellas empresas que están generando la IA serán quienes accedan al financiamiento, y las ganancias. Aunque sean las mismas que ya conocemos.

sábado, 15 de junio de 2024

La (Contra) Revolución Francesa

Francia es parte del corazón y de la cabeza de la cultura de occidente moderna. A pesar de la abrumadora hegemonía estadounidense tras el fin de la Guerra Fría, el canon civilizatorio que nos rige aún hoy fue en buena medida forjado a lo largo de siglos por la sociedad francesa. El próximo 30 de junio en una primera vuelta, y el 7 de julio en un segundo turno, la nación gala vivirá unas elecciones parlamentarias anticipadas que podrían sacudir no nada más a ese país, sino al orden económico liberal que ha predominado desde la postguerra, poniéndolo en una severa crisis.

La decisión de disolver la Asamblea Nacional fue tomada por el presidente francés, Emmanuel Macron, desde una posición de extrema debilidad, tras ser sepultado por una avalancha de votos en favor de la ultraderecha agrupada en el Rassemblement National (el Frente Nacional,), en una proporción superior a dos votos a uno.

La apuesta de Macron fue la de confrontar de forma directa a los franceses ante dos opciones: el fascismo apenas velado del Frente Nacional (el FN), contra la opción liberal de su agrupación política (En Marche), con la intención de que, como ha ocurrido las últimas tres décadas, en la segunda vuelta del 7 de julio todo el arcoíris político (izquierda y derecha tradicionales), acaben resignados a votar por la menos mala de las opciones del centro, en este caso, el partido de Macron.

La apuesta de Macron es todavía más arriesgada: incluso si el FN captura la mayoría en la Asamblea Nacional, él seguiría siendo presidente, en medio de una co-habitación con Marine Le Pen, la cabeza del FN, con el objetivo de representar el orden en lo que sería un gobierno caótico del FN, y recapturar el control de gobierno en las elecciones presidenciales dentro de dos años.

Pero las encuestas más recientes muestran que la apuesta, como cualquiera con ese grado de riesgo, puede salir terriblemente mal. Pues si el FN logra una mayoría por sí solo (y algunas encuestas lo están mostrando), entonces tendría la posibilidad de formar gobierno, desplazando a Macron.

La apuesta de Macron tiene una condición primordial para ser exitosa, su partido debe de salir al menos segundo en una cantidad suficiente de distritos para que en la segunda vuelta los electores anti FN acaben decidiéndose por él.

Pero la insatisfacción contra Macron supera a la mitad de la población francesa, y la decisión de convocar a elecciones súbitas ha polarizado al espectro, pues quien aparece en segundo lugar después de la extrema derecha, es la extrema izquierda. Si los dos extremos son quienes llegan al segundo turno el 7 de julio, el centro político habrá sido sepultado, y dos extremos, que se tocan, se disputarían el control del Estado Francés.

Ya la derecha orilló a la salida del Reino Unido de la Unión Europea; la misma pugna tiene en vilo desde hace años a Bélgica; en Alemania la ultraderecha superó al histórico partido socialdemócrata; en Italia esa filiación es gobierno. Salvo en las penínsulas: Escandinavia y la ibérica, la ultraderecha es el factor marcando la pauta a los Estados nacionales.

La ultraderecha se ha opuesto a la Unión Europea desde sus orígenes, la considera como un diseño artificial hecha por las élites tecnocráticas para apretar los salarios con el fin de competir contra los Estados Unidos y las potencias asiáticas. Ha capturado, mejor que la izquierda, el descontento de una sociedad cada vez más desigual en una Europa cada vez menos competitiva contra sus rivales económicos. Ilustra ante la población como un puñado de empresas, como Luis Vuitton Moett Henessy (LVMH), Nestlé, L’Oreal, SAP, entre otras, se han beneficiado de la unión económica, sin compartir esos beneficios con una población cada vez menos próspera.

Y es esta última condición, la secularidad de una sociedad europea cada vez menos afortunada económicamente, que ni la socialdemocracia, ni los demócratas cristianos han podido revertir, lo que explica el ascenso imparable del extremismo de derecha. La democracia europea, incluida la francesa, a pesar de sus esfuerzos, tampoco ha sido exitosa en integrar la migración de naciones menos desarrolladas, especialmente de religión musulmana.

Pero quizá en el fondo la razón de su fracaso para funcionar como un modelo de organización viable para la gran mayoría de sus habitantes se encuentra en su muy bajo crecimiento económico de largo plazo, el cual se ha rezagado notablemente en este siglo respecto de Estados Unidos y China, y en buena medida esto responde a la bajísima incidencia de Europa en la generación de nuevas tecnologías.

El viejo continente fue la cuna de la revolución industrial y científica que propulsó al capitalismo. Pero en el último medio siglo ha caído muy por debajo de sus competidores económicos, y se encuentra en un marasmo de innovación en el cual a lo más que aspira es a adaptar e imitar lo que se genera en Silicon Valley y Shanghái. Europa se mueve con la lentitud de un viejo, y ha sido incapaz de integrar a las fuerzas que, en este momento, amenazan con destruirlas. En este sentido la elección francesa será crucial: o le cierra las puertas a la crisis política, o se las abre de par en par. 

domingo, 2 de junio de 2024

La Manufactura Contraataca

La etimología latina es inequívoca: Manus, es mano; factura, es hechura. La manufactura, el fabricar algo con las manos, es la actividad estratégica de toda economía moderna. En los años ochenta, una tendencia irrumpió en las economías desarrolladas. Se le llamó la “terciarización”. Consistía en dejar la manufactura a los países menos desarrollados, con salarios más bajos, para concentrarse en los servicios de alto valor agregado. Cincuenta años después, China les demostró a los países avanzados su gran error, a lo que Estados Unidos y, lentamente otros países, están respondiendo con una re-industrialización, un proceso que podemos llamar: la revancha de la manufactura.

Comencemos por los hechos. Los datos después de la pandemia de Covid muestran un fortísimo crecimiento de la inversión física (fábricas, maquinaria y equipo) en los Estados Unidos, especial, aunque no únicamente, en los sectores de alta tecnología. También muestran un incremento importante en la inversión industrial en algunas naciones: México, Vietnam o Hungría. Al mismo tiempo, las cifras de inversión extranjera en China se ubican en mínimos de muchas décadas.

En la superficie, se ha descrito a este proceso como el “nearshoring”, el de relocalizar la manufactura de los confines a la vecindad de los principales centros de consumo. Pero en esencia, de lo que se trata es de percatarse del rol central de la manufactura. La seguridad económica de un país en el largo plazo depende del control físico que pueda tener sobre los procesos de fabricación de los bienes que consume.

¿Por qué los países avanzados mudaron la manufactura a China a finales del siglo pasado? Wall Street es muy culpable en esta historia.

Las empresas industriales, con el fin de rotar su capital, colocaron de manera creciente sus acciones entre inversionistas en las bolsas de valores. Wall Street tiene una manía, la de premiar con alzas en los precios de las acciones a aquellas empresas que cada trimestre muestren buenos números de rentabilidad, y la única forma de sostener ese apetito por una constante mejoría de sus resultados financieros fue mudando la producción al confín más lejano y barato del mundo: a China, en donde la numerosa población y la baratura de los insumos permitieron una mejora regular y sostenida de la rentabilidad financiera, así como la producción masiva de la manufactura a precios cada vez más bajos.

China se convirtió de un receptor pasivo de fábricas y de procesos, a un incubador de empresas industriales que en muy poco tiempo rivalizó con, y apabulló a las tradicionales compañías occidentales. Un ícono en ese proceso por ejemplo fue cuando la inventora de la computadora personal, IBM, vendió ese segmento de negocio a la china Lenovo, abandonando ese negocio en manos de las compañías asiáticas, a cambio de presentar buenos resultados financieros en Wall Street.

China capitalizó de manera espectacular el abandono de la manufactura de los países occidentales y se transformó muy rápidamente de un contratista, a un imitador, y de allí a un innovador y competidor en prácticamente todas las industrias de la economía global: desde la fabricación de muebles a las computadoras; desde bolsas de plástico a los semiconductores; desde vajillas a inteligencia artificial. China pasó de ser la receptora pasiva de la manufactura a la potencia industrial del mundo, logrando en un par de décadas lo que a Europa y a Estados Unidos les tomó dos siglos, incluso convirtiéndose en el estándar en algunos sectores claves de la economía global, como los de equipo de telecomunicaciones o teléfonos móviles.

El proceso de manufactura implica toda la cadena desde la concepción, el diseño, la fabricación, el empaque y la distribución. Wall Street presionó para que las empresas occidentales segregaran el proceso y sólo retuvieran los segmentos más rentables, enviando a los confines al segmento menos rentable, el de la fabricación. Ese razonamiento es impecable en el corto plazo, pero China mostró que no es sostenible en el largo plazo, pues el que manufactura bien, será capaz de controlar todo el resto del proceso. Pero su reverso no aplica: una vez que se abandona la manufactura, el diseñar y concebir no garantiza que se fabrique bien.

Nunca es tarde para volver a empezar. La re-industrialización de los Estados Unidos tiene un ímpetu sorprendente, y el nearshoring está en marcha, con México como uno de los principales beneficiarios potenciales. Pero no hay que confundir la superficie con las corrientes profundas. De fondo lo que está ocurriendo es una revancha de la manufactura, al percatarse los países occidentales que la “terciarización” de la economía fue una falacia, dulce para los oídos de corto plazo de Wall Street, pero cara para la potencia en el largo plazo de las economías.

La economía mundial es cambio perpetuo. Siempre oscilante entre tendencias que a veces se contraponen. La re-industrialización es un movimiento claro, patente ya en los datos, pero las presiones por la rentabilidad son fuertes y quizá acaben contrapesando a las consideraciones estratégicas. Pero una lección si es clara: la manufactura contraataca.

domingo, 26 de mayo de 2024

Del Plato A la Boca, Se Encarece La Sopa

Alimentar a siete mil millones de personas en un planeta cada vez más caliente, y con una dieta cada vez más basada en proteína animal será cada vez más difícil. Y si a eso agregamos que la tierra agrícola está siendo devorada por la especulación inmobiliaria, la mezcla de causas lleva a un efecto claro: los alimentos serán cada vez más caros. En más de una medida.

La invasión de Ucrania por Rusia, dos de los mayores productores de alimentos del mundo sólo agravó una tendencia secular, pues el calentamiento global y la sequía han reducido los rendimientos agrícolas y producido un incremento sostenido de los precios de muchos víveres esenciales. 

Los precios de los cereales, de granos como el cacao y el café, del azúcar y del jugo de naranja, entre otros, se han incrementado de manera consistente durante las últimas dos décadas. A pesar de lo anterior, los índices de precios de los alimentos, que incluye tanto frescos como procesados, han permanecido relativamente contenido y estables. La razón no es misteriosa, pero si preocupante: al tiempo que los alimentos frescos aumentan de precio, el de los procesados disminuye, resultando en un comportamiento bastante moderado del costo de la alimentación a la población.

Pero detrás de esa dinámica hay un costo distinto. Cada vez comemos más alimentos procesados, los cuales se han abaratado en precio, pero también en calidad nutrimental. Para producir comida crecientemente barata la industria debe de usar ingredientes que, no únicamente no nos nutren, sino que producen males crónicos entre la población. Ingredientes como las grasas, el azúcar, y la industrialización de la proteína animal han masificado la alimentación con el fin de abaratar la dieta moderna.

Lo anterior ha compensado, en el nivel de precios generales, la inflación de los alimentos frescos, pero la tendencia al alza en este sector no parece detenerse, y podría incluso agravarse ante la evidencia contundente de un planeta cada vez más caliente, seco y salino, acompañado del engullimiento de la tierra agrícola por las machas urbanas.

El proceso anterior está teniendo otra consecuencia: el incremento sostenido en los precios de las tierras agrícolas. Será un error pensar que la superficie agrícola es inelástica, no renovable, fija. Por supuesto que la frontera crece, pero a costa de la Amazonia, de los bosques y las selvas, de nuestra decadente reserva biótica. El costo de aumentar la superficie agrícola es perder las plantas y animales que sostienen el equilibrio ecológico de nuestro planeta. 

Pero la superficie agrícola se está reduciendo más rápido que la tasa de deforestación, así que el resultado es el incremento en los precios de la tierra agrícola de manera constante en los últimos años. Y allí donde hay algo cuyo precio monta sin descanso, aparece siempre Wall Street.

La compra de tierra agrícola por parte de fondos de inversión es cada vez más común, si bien la cantidad de hectáreas en sus manos es aún reducida respecto de las prevalecientes posesiones privada o comunal. El cambio tecnológico, (pensemos en la posibilidad, ya existente, de producir carne de res a escala industrial a partir de células madre de manera artificial), podría cambiar la tendencia aquí descrita y desincentivar la tala del Amazonas o de la selva baja de Tabasco para criar ganado.

Pero mientras lo anterior no se materialice, las presiones de costos y precios de mediano plazo para los alimentos frescos y la tierra agrícola estarán presentes, y el calentamiento global sólo empeora las cosas.

En este espacio hemos destacado, de forma separada, la dinámica reciente de los precios de víveres como el café, el cacao, el azúcar o el aguacate. Hemos publicado columnas individuales sobre ellos. Viéndolos en su conjunto, sin embargo, las semejanzas brotan: los rendimientos, cuyo crecimiento había sido una característica tras la aplicación de la tecnología a la agricultura el siglo pasado, se han estancado, o están cayendo como resultado de las mayores temperaturas y las más largas sequías.

Contrapesando esta tendencia a víveres frescos más caros se encuentra la de alimentos procesados más baratos. La carne de pollo es cada vez más barata porque estas aves son más gordas y pesadas debido a las condiciones en que se crían. El salmón es cada vez más asequible por su producción en granjas. La carne de res es más económica a costa del Amazonas.

Pero el impacto de la calidad de dichos alimentos sobre nuestra nutrición y bienestar puede tener un costo que supere incluso, al de la inflación, pues podemos pagarlo con años de vida y con nuestra salud.