domingo, 10 de enero de 2021

La Muerte De La Democracia Americana

Lo que ocurre estos días en los Estados Unidos tiene el potencial de definir el curso de las instituciones mundiales en las próximas décadas. Del cómo nuestros vecinos resuelvan, o no, la tremenda tensión entre la democracia y el fascismo, dependerá en buena medida el derrotero de la economía y la política global. Una cosa es clara: la democracia estadounidense como hasta ahora ha sido, ha muerto, asesinada por el fascismo representado en Trump. Es posible el tránsito a un nuevo pacto social, y el colapso también es posible.

La patética y peligrosa intentona de revertir el resultado electoral por parte de Trump y sus aliados, con el silencio y colaboración de su partido, el Republicano, reflejada en la toma del Capitolio por una horda de fascistas, significa el límite de la actual democracia estadounidense.

Los críticos de izquierda del siglo XIX destacaron siempre ese lado flaco de la democracia: la posibilidad de que los votantes elijan a un líder que la subvierta y la elimine: Hitler y Trump fueron electos, y su objetivo inmediato fue destruir la democracia de la cual fueron un producto. Hitler tuvo éxito y provocó la mayor crisis humanitaria de la historia. Trump fue derrotado contundentemente en las urnas, y hasta ahora todos sus intentos por usar su poder para destruir el sistema han fallado y abandonará la Casa Blanca el próximo 20 de enero.

Pero la toma del Capitolio, que debería de traducirse en acciones penales contra Donald Trump por el bien de la sociedad estadounidense, marca el rompimiento de ese límite: el American Way of Life ya no fue suficiente para contener la insatisfacción de millones de ciudadanos que han sido excluidos por la economía, la sociedad y la cultura en las últimas décadas.

Si quieren que pongamos esto en términos llanos: son aquellos a quienes el neoliberalismo despojó de oportunidades y beneficios, aquellos que fueron desprovistos de la cobertura de salud, empleo, educación e ingresos suficientes para prosperar y escalar en la sociedad estadounidense como lo habían hecho todas las generaciones precedentes.

Es en ese caldo de cultivo económico de los excluidos por el desmantelamiento del estado del bienestar por el neoliberalismo, en donde prosperan ideologías baratas nucleadas alrededor del fascismo: el odio a lo diverso, el privilegio de una raza, la negación de los hechos y de la ciencia al amparo de discursos milenaristas emanados de las pseudo-religiones que se encuentran en la fundación misma de la nación estadounidense.

Los excluidos del neoliberalismo ven, desde su perspectiva parcial, a la globalización como su verdugo: han perdido sus empleos porque las empresas mudaron la producción a China, Vietnam o México. Sus salarios están deprimidos porque un menor de edad en el sureste asiático está dispuesto a hacer lo mismo por un salario de esclavo. La globalifobia tiene este sustento inmediato, y sus efectos han venido construyendo el caldo de cultivo para que un líder carismático, dispuesto a subvertir la democracia con fines personales, encabezara todos esos agravios en contra del establishment neoliberal.

¿Cómo fue posible que un millonario tramposo y chafa encabezara un movimiento social de, literalmente, desarrapados estadounidenses excluidos por el sistema que tan generoso fue con él? La respuesta es sencilla. En la cultura estadounidense, un millonario va más allá de toda sospecha. Sería imposible que en ese país un líder marginado social encabezara un movimiento, sería visto como algo extremadamente peligroso. No así un millonario, quien fue visto como alguien de fiar, uno de los suyos que empujaría la agenda conservadora, racista y religiosa, amenazada por una demografía que de manera imparable apunta a la apertura, a la diversidad, al predominio de la ciencia y el laicismo.

En Trump confluyeron por una parte el temor de las élites blancas al fin de una sociedad rubia y el advenimiento de una sociedad pluri-racial; el pavor de las élites cristianas ante el crecimiento del laicismo; y el coraje y rencor de los excluidos ante el enriquecimiento incomparable de las élites educadas y los abastecidos de siempre.

La élite rubia y cristiana estadounidense creyó que Trump, uno de los suyos, jugaría con las reglas, y que podrían usar electoralmente la fuerza numérica de los excluidos para detener el ímpetu demográfico hacia una nación enormemente diversa. Calcularon mal: la personalidad intensamente fascista de Trump ha puesto en jaque al mismo sistema, y ha llevado a la democracia estadounidense hasta un punto de no retorno. O se reinventan con un nuevo New Deal que incluya a todos y modere la desigualdad, o acabará volando por los aires en ola tras ola de violencia civil.

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