viernes, 2 de abril de 2021

Poemas Para Beber En El Starbucks: La Herejía de Placencia "Así Te ves Mejor, Crucificado"

En el principio era el verbo, y sin duda, en el génesis la poesía fue el vehículo mediante el cual la divinidad y los humanos nos comunicábamos. La poesía religiosa es tan antigua como la poesía misma. Cantar al misterio de la creación y lo desconocido ha sido desde siempre un objetivo de la poesía. Todas las religiones del mundo cantan al misterio de la divinidad en versos, y nuestra tradición, católica, ha dado grandes ejemplos de poetas místicos, forjando versos para el canto de Dios y del Cristo.
San Juan de la Cruz es un ejemplo de poeta místico, casi toda su poesía es religiosa, celebración del misterio y la liturgia. Santa Teresa de Ávila es una poetisa en el mismo orden que su colega español. Pero poetas seglares, como Quevedo, como Lope, y tan recientes como Machado, tienen poemas religiosos que celebran la vida de Jesús y sus milagros.
Dentro de esa tradición existe un subgénero adecuado a estos días: la de los poemas que piden ayuda para desclavar al Cristo de la cruz de su crucifixión. El más famoso en nuestros días es justo el de Machado, "La Saeta":

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

El giro de Machado es liberador: no canta al Cristo del sufrimiento, sino al de la felicidad. Intentando trascender el discurso sacrificial del catolicismo, el chantaje de ese Cristo que sufrió y murió por nosotros, Machado antepone el Cristo de la felicidad y de la plenitud. Pero el poema sigue inserto en el subgénero de esa tradición centenaria de cantos que piden desclavar al Cristo de su martirio.

Por lo anterior, el poeta y sacerdote mexicano Alfredo R Placencia es alguien absolutamente inusitado y asombroso. Rompiendo con siglos de tradición piadosa que imploran deponer al cuerpo ultrajado del Salvador del Hombre de su sangrante tortura, Placencia exige lo contrario: que lo dejen clavado en la cruz, que allí se quede.

Ciego Dios

Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en ese estado
no hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Dices que quien tal hizo estaba ciego.
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino?...

Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera!
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego!...
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
ciégueme a mí también, quiero estar ciego.

Los asombrosos cuartetos del sacerdote Placencia son una herejía, parecen celebrar el martirio de Cristo, pero el último cuarteto regresa el poema a la tradición sacrificial católica: el poeta/sacerdote quiere dejarlo allí en la cruz, pero para acompañarlo en su tormento y su ceguera.

No nada más "Ciego Dios", sino la vida del sacerdote/poeta Alfredo R Placencia y su obra son algo extraordinario, apartadas de toda escuela y tradición. Carlos Monsivais y José Emilio Pacheco abrieron con él su legendaria "Antología de la Poesía Mexicana del Siglo XX" de 1966, y revelaron a los lectores a un poeta muy poco conocido, alejado de los círculos intelectuales de la capital del país, y ajeno a la discusión literaria.

Para aquellos interesados en saber más de este poeta, les dejo aquí una nota escrita por Gabriel Zaid que ilustra y revela detalles biográficos del autor de este poema, uno de los mejores dentro de la tradición religiosa del castellano, muy adecuado para estos días pascuales.


1 comentario:

José Miguel dijo...

Muy buen poema, compadrito. Siempre abriéndonos los ojos...