domingo, 22 de abril de 2018

¡Alerta Jóvenes: Curva A Punto De Invertirse!

La curva de rendimiento de los Estados Unidos se ha aplanado, y corre el riesgo de invertirse. Si esto ocurre la regularidad estadística sugiere que los riesgos de una recesión en la mayor economía del mundo han franqueado un umbral peligroso. Los mercados lo saben y están preocupados, pues en el pasado la inversión de la curva ha sido seguida por caída de los mercados y recesiones. Hemos escrito varias veces de esto en el pasado en este espacio, y hoy trataremos de explicar esta introducción quizá demasiado técnica. Así que paciencia por favor porque este es el tema más importante de la economía actual.
La curva de rendimiento es la relación entre la tasa que pagan los bonos a distintos plazos. Normalmente los bonos de largo plazo tienen un rendimiento mayor que los de corto plazo para compensar por el riesgo de inflación y otros. Pero en estos momentos la diferencia entre los rendimientos del bono de 2 y el de 10 años en Estados Unidos está en los mínimos desde 2007, justo antes de que explotara la espantosa crisis financiera de 2008-2009 y los mercados se hicieran añicos.
Si los bonos de corto plazo tienen un rendimiento mayor a los de corto plazo (una curva invertida), quiere decir que las tasas de corto están subiendo (por miedo a un repunte inflacionario, por ejemplo), y las tasas de largo plazo están bajando (por expectativas de que la economía vaya a debilitarse significativamente, por ejemplo). 
Eso es justo lo que parece estar ocurriendo en estos momentos en el poderoso mercado de bonos: temores de que luego de un largo letargo la inflación comience a subir tienen a la Reserva Federal en modo restrictivo, subiendo tasas de corto plazo, por un lado; y por el otro, los inversionistas parecen apostar a que mayores tasas debilitarán en los próximos trimestres al crecimiento por lo que en el futuro las tasas deberán bajar.
Sobra decir las consecuencias de este escenario: si la Fed sigue subiendo tasas de corto plazo, y si los Estados Unidos entran en cualquier recesión, México, los países emergentes y el mundo entero, sufrirán los efectos. Así que es muy importante que sepamos leer lo que los mercados parecen estar diciéndonos. 
Creo que el indicador económico más importante de este momento para México es justo la pendiente de la curva de plazos estadounidense: la diferencia entre los rendimientos del bono de 10 y el bono de 2 años. ¿Cómo es posible que ese indicador tan esotérico sea tan importante para el mundo, México incluido? ¿Y cómo le hacemos para comunicarlo al público? ¿Cómo explicarles que un número esotérico puede estar dirigiendo su destino colectivo e individual en los próximos meses?
El riesgo de inversión de la curva y sus posibles consecuencias han sido reseñados en esta columna varias ocasiones en el pasado reciente. Por alguna razón toda recesión económica estadounidense ha sido precedida por una inversión. Los economistas sólo han acertado a responder el cómo, pero no el por qué.  Saben que cuando se invierte la recesión es casi inevitable. Tienen una explicación (la que dimos en el párrafo introductorio) de cuales son los factores que lo explican. Lo que no saben es por qué.
¿Cómo es posible que millones de inversionistas en todo el mundo, sin conocerse ni ponerse de acuerdo, logran anticipar sin saberlo, el ciclo económico de los Estados Unidos mejor que ningún economista, brujo, o pronosticador? Si algún fenómeno económico merece la figura de la “mano invisible” es el comportamiento del mercado de bonos. Nadie lo mueve, nadie lo dirige, y sin embargo, de manera misteriosa y sorprendente, el mercado de bonos ha logrado anticipar las recesiones estadounidenses con una precisión sin paralelo.
¿Si la curva se invierte, es inevitable que sobrevenga una recesión? Así ha sido en el pasado, pero no existe ninguna ley que así lo obligue en el futuro. La economía necesita ser una disciplina probabilística. Sólo podemos hablar de escenarios posibles. La inversión parece inminente, la curva está muy plana, y los inversionistas se están comportando como el libreto dice que se deben de comportar: como en una profecía autocumplida. Sólo nos queda levantar la bandera amarilla y sonar la alarma: la curva está cerca de invertirse (o ya lo hizo). Preparémonos para lo que venga.

domingo, 15 de abril de 2018

Las Finanzas Y El Fin De La Naturaleza

Andrew Lo ha escrito uno de los mejores libros de finanzas y economía de los últimos años (“Adaptive Markets”). El profesor del MIT y gestor de carteras hace una revisión del principal paradigma en la teoría de finanzas, la Hipótesis de Mercados Eficientes (HME), desde la biología y la teoría de la evolución, y sostiene, basado en la historia evolutiva de nuestra y otras especies, que nuestro comportamiento, individual y masivo, está determinado más por nuestra biología, que por la racionalidad económica.
El argumento evolucionista de Andrew Lo tiene mucho sentido: somos animales que evolucionamos en un entorno natural que nos sobrepasaba. Nuestra especie supo sobrevivir exitosamente a la lucha contra otras especies y su ámbito, y esa evolución nos moldeó un cerebro y una biología apta para la sobrevivencia en un entorno adverso.
Nuestra evolución nos dio un cerebro relativamente grande, y el don del lenguaje y la capacidad de crear narrativas que ordenan nuestro ámbito. Ese cerebro y biología tienen un propósito evolutivo claro: sobrevivir y dominar nuestro ámbito y otras especies. La evolución no nos hizo animales económicamente racionales que toman decisiones sobre billones de dólares con la frialdad y precisión de una calculadora. Actitudes que para la teoría económica y de finanzas son reprochables e ilógicas, tales como el miedo, la euforia, el pánico, el odio y la furia, son producto de una enraizada historia evolutiva que nos determina de marea biológica, casi molecular, así que suponer que a la hora de invertir no nos comportamos como esas bestias evolutivas, y lo hacemos como unas máquinas perfectamente racionales, es muy cándido.
En los últimos años el estudio de la “economía del comportamiento” ha ganado muchos adeptos, al explicar a los agentes económicos como seres no perfectamente racionales, como dice la economía tradicional, sino como entes proclives a comportamientos “irracionales”. La evidencia de que no somos racionales es contundente, dicen los comportacionistas.
La explicación de Lo de dicho comportamiento es fantástica: la euforia, el pánico de los inversionistas por ejemplo, no son irracionales, son rasgos biológicos resultantes de nuestra evolución como especie. Vistos con los ojos de un economista del MIT es un comportamiento irracional. Visto desde los ojos de un biólogo dichos comportamientos “excéntricos” son absolutamente normales: así se comporta nuestra especie como resultado de nuestra particular y exitosa evolución. Son ventajas evolutivas de hecho.
La propuesta de Andrew Lo tiene muchísimo sentido. Nuestro cerebro y organismo han sido moldeados por cientos de miles de años de evolución. No podemos en el curso de un par de siglos pretender, como lo queremos los economistas, borrar nuestra historia evolutiva y comportarnos como autómatas calculadores.
Mirarnos como lo que somos, como bestias evolutivas, debe ser el principio para comprender cómo nos comportamos al tomar decisiones económicas. Y si seguimos con nuestro argumento evolutivo llegaremos pronto a un callejón: ¿Qué ocurrirá entonces cuando acabemos con la naturaleza? ¿Cómo responderá la especie al vivir en ciudades en donde las habilidades para sobrevivir y dominar el ámbito natural son distintas y lo importante es sobrevivir y conquistar las relaciones de poder humanas?
Más aún. Desde Darwin, los biólogos evolucionistas aprendieron de las otras especies los secretos y las pistas de ese fantástico método de la naturaleza que es la evolución y la selección natural. 
A través de las tortugas y las aves de las galápagos, a través del estudio de los primates, Darwin fue construyendo la que sin duda es la mas colosal construcción teórica para explicar la vida en nuestro planeta: la teoría de la evolución.
Pero cuando las especies dejan de sobrevivir por selección natural, es decir, gracias a sus fortalezas evolutivas, y lo hacen gracias a la selección humana (las vacas y los pollos, son los animales más numerosos gracias a nuestra dieta), estaremos perdiendo los referentes naturales para estudiar el mecanismo de la evolución.
Cuando hayamos acabado con los rinocerontes y los jaguares, cuando hayamos devastado el ámbito de los tigres y los elefantes para poder dejar que pacen nuestros becerros y cerdos, estaremos eliminando la posibilidad de estudiar la evolución natural a través de las especies, pues la nuestra, ya ama y señora del mundo y la naturaleza, ha abandonado la necesidad de evolucionar de acuerdo con la selección natural, pues ahora el cerebro es el órgano supremo, y ya no la amígdala, ni las patas, n las garras. Quizá sea eso la evolución, dejar a Darwin y pasar a Maquiavelo.

domingo, 8 de abril de 2018

Las Bolsas Topan Con Pared (O Mas Bien, Con Muros)

Si uno mira una gráfica del Dow Jones, o mejor, del índice S&P 500, que incluya al menos los últimos sesenta años, algo dramático puede observarse: los mercados de capitales después del horrendo crack de la Gran Depresión de 1929 comenzaron un ascenso lento pero estable. Con algunas excepciones la marcha ascendente era gradual pero consistente. Pero a partir de 1990 algo pasa, y la subida comienza a acelerarse, las bolsas se disparan de manera evidente. ¿Qué ocurrió? La caída de un muro. Así que quizá valga la pena contar la historia ahora que Trump quiere levantar otros.
En noviembre de 1989 los alemanes del Este derrumban a mazazos el infame Muro de Berlín, una horrible pared de concreto que dividía no sólo la capital alemana sino al mundo en términos ideológicos, económicos y comerciales. De un lado el libre mercado, del otro el estado planificador. En ese sentido la consecuencia económica de la demolición del Muro de Berlín no estuvo en Europa, sino en Asia: la incorporación del gigante chino a la economía global, de la cual había estado recluida por motivos geopolíticos.
Con el fin del bloque soviético quedó una sola visión para la economía global: los mercados abiertos, el fomento a la competencia y el libre flujo de capitales. Este credo tuvo una consecuencia inevitable: una vez que las fronteras geopolíticas fueron abiertas, y el comerció se liberó, el capital movió la producción hacia las zonas de menor costo, dejó en las economías centrales los segmentos de mayor especialización y convirtió tendencialmente al planeta entero en un inmenso mercado común.
Quienes mejor jugaron el juego arriba descrito fueron justo quienes inventaron las reglas: los Estados Unidos. Pero así como en el football, el cual los ingleses a pesar de haberlo inventado, no son hoy quienes mejor lo juegan, Donald Trump percibe (y se equivoca) que equipos de menor rango le están ganando la partida a los Estados Unidos, y a partir de ese diagnóstico propone una solución (a mi entender) falsa: levantar muros, tanto físicos como económicos.
Lo malo es que, a juzgar por esa gráfica sencilla del S&P 500, a los mercados no le gustan los muros.
Se puede discutir muchísimo sobre lo que está detrás del cambio de tendencia que experimentaron las bolsas a partir de 1990, período que ha visto ya incluso un par de burbujas especulativas escandalosas, pero que en promedio, ha producido un alza en las ganancias de capital de los inversionistas como ninguna otra en la historia económica del capitalismo. 
Pero, personalmente tengo una hipótesis: que tal explosión de riqueza materializada en los mercados fue el resultado de la liberalización económica de las dos terceras partes de la geografía mundial y de su población (el bloque soviético, pero sobre todo China y la India), en conjunción con las tremendas ganancias de productividad del trabajo resultantes de las tecnologías de la información.
Cuando las gigantescas ganancias de eficiencia resultantes de la informática y la automatización encontraron fronteras abiertas, expandiendo de manera espectacular los mercados, potenciando las ganancias y realimentando así los incentivos para la innovación y el desarrollo tecnológico, se creó un círculo virtuoso entre libertad de comercio-innovación-ganancias que se reflejó en una casi vertical marcha de las bolsas globales, encabezada por Wall Street, en donde se financian las empresas más innovadoras del mundo.
Por lo anterior creo que el diagnóstico de Trump y el remedio que está implementando puede ser muy peligroso. Levantando un Muro físico contra México y una pared arancelaria contra China y los socios con quienes sufre un déficit comercial, aumenta el riesgo de que el gran tónico histórico de los mercados: los mercados abiertos, sea cancelado, y así como la demolición del muro abrió los mercados y disparó a las bolsas en el mediano y largo plazo, el regreso de los Muros, de concretarse, podría derrumbar a Wall Street por varios años.

Las bolsas, tal y como lo habíamos anticipado en estas páginas, están trastabillando y han tenido un muy mal arranque de año. Algo me preocupa mucho: si Trump levanta el Muro contra México y erige barreras arancelarias y comerciales contra China y llega incluso a afectar a Europa y otros mercados emergentes, las señales que esta enviando el mercado quizá nos estén diciendo que la gran época dorada del libre comercio-flujo de capitales-ganancias y bolsas ascendentes, podría estar llegando a una pausa que dure varios años. Al menos hasta que el credo liberal sea restituido.

lunes, 19 de marzo de 2018

Poemas Para Beber En El Starbucks: Lírica Lépera Antes Del Viagra, Pavoroso Novo

Si ustedes pensaban que la poesía sirve sólo para decir cosas bonitas, están en una gran equivocación. Escribir poesía para el insulto y la imprecación es uno de sus usos más tradicionales. 

Catulo, el gran poeta latino era tan famoso por sus leperadas como por su lírica. Quevedo escribió sobre el alma enamorada allende la muerte, y versificó sobre culos y pedos, al tiempo que  se destrozaba con insultos rimados con su contemporáneo Góngora.

Al castellano se le da bien esto de insultar. Su consonancia y sonoridad lo convierten en una lengua hecha para la oración divina y la imprecación tabernaria.

En la tradición mexicana la lírica lépera no es abundante, pero tiene una cima pavorosa y viperina: Salvador Novo.

En un México de machos charros, de generales aún por las calles, de pleitos resueltos a balazos. En un México antes de Juan Gabriel, Salvador Novo fue abierto respecto de su homosexualidad y su jotería. Antes que el orgullo homosexual fuera una bandera, Salvador Novo llevaba su orgullo al extremo de la afrenta y el auto chiste.

Veneno puro (Octavio Paz decía que Novo no escribía con sangre, sino con caca), Novo escribió grandes poemas satíricos, léperos, pendencieros y desafiantes con una habilidad sorjuanezca. Sonetos a la altura del Siglo de Oro, rimas bestiales capaces de enterrar con un cuarteto el prestigio de la pobre víctima. Salvador Novo escribió los mas complejos y logrados vituperios de la poesía en castellano moderna.

Sus víctimas eran variopintas: Diego Rivera, sus rivales en el mundo de la dramaturgia de aquellos años, actrices y cantantes, amantes de ocasión y divas del momento. Nadie se le escapaba, y la fobia con la que escribía contra el pobre de Ermilo Abreu Gómez era tal, que el pobre dramaturgo yucateco es conocido hasta hoy por su condición de piñata de Novo , más que por sus logros literarios.

Pero Novo era justo: ni siquiera él escapaba a su ponzoña. Más aún: quizá de sus más logradas leperadas fueron las que enderezó contra si mismo. Vean si no la siguiente.

La disfunción eréctil hace presa de Salvador Novo, y éste le reclama a su órgano que sólo sirva para miccionar y ya no para la cópula. Resignado, Novo se dice a si mismo que aún le queda viva su lengua. Poema soez como pocos, ese soneto muestra la portentosa habilidad de Novo para versificar temas agrestes y la facilidad para burlarse de si mismo con el mismo ácido con el que quemaba a sus pobres víctimas.

Vean lo complejo del tema. Un poeta homosexual viviendo antes del Viagra que se lamenta a carcajadas de su incapacidad para amar como antes y cagándose de la risa, se resigna a su lengua. La forma en que resuelve el tema es para ponerse de pie, y aplaudirle.



Desde que el huevo se me hinchó derecho 
(transposición se llama esta figura) 
tanto disminuyó mi donosura, 
que paso rara vez del dicho al lecho. 

No vale darme ya golpes de pecho; 
pues esta menopáusica criatura, 
privada de vigor, sólo procura 
rendir al mingitorio su provecho. 

Resignación. Consistan mis jolgorios 
en disfrutar, porque los haya bien gua- 
recido, mis recursos supletorios. 

Ejerceré, mientras su fuerza mengua, 
la función que por méritos notorios 
me adscribe a la Academia de la Lengua.

sábado, 17 de marzo de 2018

El Miedo Comienza A Asomarse

La evolución reciente de los mercados financieros muestran una serie de hechos que vale la pena comentar pues dependiendo de la conjunción de los próximos eventos la marcha de las bolsas podría darnos sorpresas. Iniciemos con dos hechos aparentemente aislados: el precio de Bitcoin está más de 60 por ciento por debajo de su máximo, y por otro lado el S&P 500 (el índice líder) tras detener en febrero su impecable marcha ascendente, no ha podido igualar sus máximos. Parece que la efervescencia se ha detenido.
Los hechos antes referidos ¿son el inicio de una declinación de más largo plazo en los precios de los activos financieros? ¿o representan una pausa para que el rally reúna fuerzas y sigan escalando nuevas alturas en el futuro?
Quizá la clave a esta pregunta dependa de dos variables: las tasas de interés de largo plazo (la de los bonos de 30 y 10 años), y la trayectoria del índice de volatilidad (el VIX), y los múltiples instrumentos ligados al mismo.
Tras alcanzar un máximo preocupante la última semana de febrero, las tasas de largo plazo han retrocedido diez centésimas. Esta alza en los bonos viene de dos flancos: por un lado muchos fondos comenzaron a comprar al llegar las tasas a los máximos de febrero; y por otra los datos de precios y costos más recientes han sido sorprendentemente benignos, ahuyentando el miedo de que la inflación estaría por caernos encima tras más de dos décadas de ausencia en las economías desarrolladas.
Al bajar las tasas y suavizarse los temores de que éstas se disparen en el corto plazo, los índices de volatilidad han cedido tras dispararse en febrero por encima de 37, cerraron la semana pasada en 15.80.
Pero hay signos de cuidado. El Vix si bien ha bajado más de la mitad (casi en la misma proporción que la Bitcoin), aún se encuentra más de 50% por encima de donde se operaba antes de dispararse. En los inicios de enero el Vix cotizaba en 9.52, por ejemplo. Si la volatilidad que permea al mercado cotiza más de 50% por encima de donde se encontraba cuando todo era dicha y felicidad y los mercados espumeaban sin cesar tras la victoria de Donal Trump, quizá algo se esté cocinando en las entrañas de los mercados sin que nos demos cuenta.
En la última semana el Vix subió 7.92%, mientras que el S&P 500 cedió 1.24% y la Bitcoin se derrumbó 16.5%. Pareciera que la exuberancia se ha frenado y la percepción del riesgo se han incrementado en las últimas semanas. El renovado tropiezo de los mercados no camina solo, su compañero, el miedo, parece caminar junto a él.
No es raro que los mercados comiencen a asustarse mientras la economía pinta bien. Estadísticamente la relación entre recesiones y los índices es peculiar. Los mercados suelen topar poco antes que el ciclo económico llega a su fin. Cuando la economía sigue de fiesta los mercados suelen comenzar a caer. Y al revés: cuando la economía está en picada aún, los mercados anticipan la recuperación disparándose meses antes de la sima del ciclo.
Y el optimismo está por todas partes: el ciclo económico global está sincronizado, los Estados Unidos agregan empleos a tasas muy sólidas sin presiones de costos, la confianza del consumidor y las empresas rebosan. Todos los indicadores clave se portan bien y avanzan.
Hay una nube sin embargo en el límpido firmamento de la economía. La Fed necesita regresar las tasas de interés a un nivel normal, tras una década de heterodoxia y de inyección extrema de liquidez. Necesita subir sus tasas y también dejar de comprar toneladas en los mercados para reducir su hoja de balance, lo que se conjuga además con la inevitabilidad de financiar los déficits que acumulará el recorte de impuestos de Trump.
Pero el miedo, casi ausente en los últimos nueve años desde que el pánico tirara los mercados en 2008-2009, se está volviendo a asomar. Quizá sea porque la Fed no tiene opción mas que subir las tasas en los próximos meses; quizá sea porque el rally ya es muy viejo y las valuaciones son difíciles de justificar; quizá sea porque las exuberancias de la Bitcoin se han pinchado. Veamos si el miedo que se asoma se convierte en pánico, o si regresa a su madriguera y resulta ser mera precaución.


domingo, 11 de marzo de 2018

Oscuro y Duro Es El Futuro

En la legendaria película “Bladerunner” de Ridley Scott, estrenada en 1982, Harrison Ford encarna a un policía de un futuro distante, Rick Deckard, encargado de cazar a un grupo de autómatas humanoides en un mundo sobrecargado por la tecnología. Deckard se enamora de una autómata, Rachel, y en una escena memorable el policía baja de su auto volador y busca una caseta telefónica para llamarle a su robot enamorada por una línea fija-
En 1982 la especie humana pudo imaginar robots idénticos a humanos, autos voladores, computadores omnipotentes, ciudades delirantes.…pero no pudo imaginar el teléfono móvil, el cual se encontraba casi a la vuelta de la esquina, a una década de distancia.
Solemos cometer dos tipos de errores cuando imaginamos el futuro: imaginamos cosas que no se cumplen, como los autos voladores de “Los Supersónicos” o “Volver al Futuro”; o no imaginamos las cosas que si ocurrieron, como el teléfono celular, internet y las redes sociales, las cuales no fueron previstas ni por Bladerunner, ni por “Volver al futuro”. Ni siquiera por “Starwars”.
De los dos errores el segundo es el más importante, Nuestra incapacidad para predecir lo que no existe es lo que mueve el mundo. Como conocemos los autos, podemos imaginar coches voladores; como conocemos los tenis podemos imaginar un par que se aten solos. Como los de Marty Mcfly. Pero nada en 1982 pudo hacernos imaginar a Facebook, a Amazon, a Apple, a Google y a Netflix, las cinco empresas más grandes del mundo por valor de mercado.
Nuestra única herramienta para conocer el futuro es el pasado. Los economistas inventamos la econometría y usamos las series de tiempo para intentar proyectar la tendencia y así pronosticar lo que va a pasar. Es nuestro único consuelo. El pasado es lo único que disponemos y es nuestro humilde herramienta para adivinar el futuro: ¿cómo será el auto en el futuro? ¿cómo conduciremos en el futuro? Es lo que podemos especular.
¿Pero que tal si en el futuro no hay autos y no conducimos y nos transportaremos por sendas del espacio tiempo sin esfuerzo? ¿Cómo sabremos qué pasará con nuestros cuerpos y esperanza de vida si nos fusionamos con los autómatas y no somos dos entes separados como lo imaginó Bladerunner?
El futuro es un barranco que desaparece cuando nos lanzamos hacia él. El presente es el borde perpetuo de ese barranco y es también el paso que damos al vacío. Machado lo vio perfecto ”se hace camino al andar”. El camino no existe, lo hacemos andando, y eso significa que no es posible conocer el futuro. Está a nuestro lado pero al acercarnos se mueve siempre lejos de nosotros.
Los europeos no pudieron predecir a un nuevo continente, y los indígenas americanos no pudieron prever nunca la invasión europea. El choque de esos dos mundos, la aniquilación de las civilizaciones originarias y el mestizaje posterior son hasta ahora la mayor disrupción civilizatoria de nuestra especie.
Nuestra incapacidad para conocer el futuro del cual no tenemos datos en el pasado es extremadamente importante en materia financiera. Nada en "Bladerunner" o "Volver al Futuro" sugieren mundos con redes sociales y teléfonos móviles. Se adivinan computadoras super poderosas y objetos voladores, quizá fabricados por las ya conocidas IBM y Boeing.
Pero Marty Mcfly no pudo hablar por iPhone, ni charlar por Facebook, ni guiarse con Google Maps, ni buscar videos con Netflix. Peor aún: nada en las películas de ciencia ficción sugiere un coloso que mueve todas las mercancías del mundo de un punto a otro. Ninguna señala la inminencia de Amazon, una de las empresas definitorias de la economía actual.
Marty Mcfly hace su primer viaje al futuro en 1985, y si vemos cuál acción fue la mejor en el período de treinta años posteriores al estreno de “Volver al Futuro”, la respuesta es simpática: Nike. Nike fue la mejor acción del índice S&P 500 de 1985 a 2015. Pero hay un problema: ni Facebook, ni Apple, ni Neflix ni Google, ni Amazon existían en 1985, y son las mayores empresas del mundo hoy.
Al tratar de adivinar el futuro pudimos ver qué pasaría con los tenis, pero perdimos de vista las empresas más grande del mundo. De ese tamaño suele ser nuestro error cuando pronosticamos el futuro.