sábado, 20 de mayo de 2017

Psicoanálisis Financiero De Donald Trump

No puede ser una casualidad que el primer periplo externo de Donald Trump sea no a una democracia, sino a una monarquía. Es todo lo que él quisiera ser: un rey en una palacio de oro rodeado de cortesanos que hacen lo que su capricho dicta. Y el estandarte de su visita muestra también lo que el piensa que debe de ser la economía, anunciando una venta de armas gigantesca, por 10 mil millones de dólares. Vender armas a los reyes: eso es Trump pintado de cuerpo entero.
Barak Obama pasó ocho años en una relación difícil con la corte saudita. Le era claramente difícil simpatizar con ese aliado incómodo pero necesario para detener el extremismo islámico, y gran surtidor energético del mundo. Pero Trump se siente a sus anchas: un régimen que nulifica a las mujeres, sin oposición ni prensa libre, y que compra todas las armas que Estados Unidos quiera venderles. No parece ser gratuito que Trump haya escogido ese destino, tan afín a su psyche, para su primer periplo.
Arabia Saudita es la principal cliente de armas de los Estados Unidos, adquiriendo el 10 por ciento de las exportaciones estadounidenses de esos artículos, y es el segundo mayor proveedor de petróleo de ese país (después de Canadá). La importancia del reino saudí para Estados Unidos no es secundaria, no únicamente en términos económicos. Saudiarabia es la gran potencia árabe, es el fiel de la balanza en la zona más complicada del mundo en materia de seguridad y de abasto de energía.
Pero Trump viaja a la corte de los árabes en un momento en que su estatua se desploma en casa, mostrando a todos el mediocre político que es.
Un líder debe saber que su gente no únicamente lo sigue porque necesita tener más dinero. Un líder debe de proveer a su gente algo más que dólares en los bolsillos: debe de traer paz, concordia, felicidad a su gente. Debe de procurar la felicidad de los que lo siguen. Y eso no ha estado nunca presente en la vida ni en la cabeza de Trump.
Alguien que hizo su fortuna construyendo una torre de oro de mal gusto en el corazón de Manhattan, arruinando a sus accionistas en casinos y giros negros en Atlantic City, que mide su felicidad en los metros cuadrados de sus posesiones, no puede entender que su gente busca más que dinero, la felicidad.
Donald Trump fue electo por una considerable minoría de estadounidenses bajo promesas de odio, de exclusión, de misantropía y de desprecio a la democracia. Trump prometió a esa considerable minoría casi una dictadura y logró, con la vetusta aritmética del colegio electoral estadounidense, ser electo presidente. Pero la pequeña mayoría que lo rechazó está actuando, y no dejará de hacerlo, para hacerle ver al soflamero que están dispuestos a proteger su democracia y que derrumbarán su malhecha estatua a martillazos.
Felizmente la primera en reaccionar contra los sueños dictatoriales de Trump ha sido la prensa, la cual goza de un esplendor inusitado. La semana pasada fue en términos periodísticos una de la más asombrosas en la historia del periodismo: día tras día, en un periódico o en otro, se publicaron reportajes que, uno a uno, derrumbaron a martillazos a Trump.
La saga que el periodismo estadounidense, de manera comunitaria y abriendo nuevas fronteras en la profesión (con la ayuda de funcionarios del gobierno que aman a su país) muestra una historia terrible: que hay elementos que permiten sospechar que  presidente de los Estados Unidos recibió apoyo de Rusia y ayuda para ganar la elección, a cambio de favores. ¿En qué consistió ese apoyo, y cuales fueron esos favores? No hay nada claro aún. Pero las pistas evidenciadas hasta el momento muestran un esfuerzo obstinado del presidente para evitar que las investigaciones, hasta el punto de que un número creciente de republicanos apoya la necesidad de una investigación independiente para saber de una vez por todas si los estadounidenses están siendo gobernados por alguien dispuesto a todo por dinero, incluso a traicionar a su país.

Y los mercados ya han tomado nota: se han dado cuenta que la inestabilidad del líder puede contagiarse y convertirse en inestabilidad financiera. Que un líder que no tiene ni idea de a dónde quiere llevar a su país, que no tiene idea de lo que significa gobernar, que no tiene noción de lo que significa el poder y su delicado equilibrio, no es bueno para Estados Unidos ni para el mundo. Por eso hemos visto en esta última semana caídas tremendas en los mercados, esos seres inexistentes pero vivos que lo que mas odian en la vida es la incertidumbre y la falta de claridad.

domingo, 14 de mayo de 2017

La Ruta De La Seda Vs El Muro de Trump

Si quisiéramos adivinar cómo será el próximo milenio (si no destruimos nuestro planeta antes), consideren lo siguiente: Donald Trump quiere construir un muro para aislar geográficamente a los Estados Unidos. Xi Jiping, el líder chino, quiere reconstruir la “ruta de la seda”, aquella milenaria senda de las caravanas que cruzaba desde Portugal hasta China, conectando Europa y Asia. Trump quiere encerrarse, China está abriendo los continentes a billetazos. Súbitamente la estafeta de la globalización está cambiando: de Washington a Beijing. Y la historia muestra quien será el ganador en el largo plazo.

La semana pasada, mientras Trump despedía al jefe del FBI y se enclaustraba más en su cascarón aislacionista, Xi hospedaba a 29 jefes de Estado, desde Vladimir Putin hasta Recep Erdogán de Turquía, para anunciar su iniciativa de conectar con caminos, rieles, aeropuertos y comunicaciones, todo el macizo geográfico de Eurasia y África, aportando los chinos un chequecito de 125 mil millones de dólares.
Mientras Trump está más ocupado en poner a un vasallo leal en el FBI, olvidando su plan de infraestructura, con la excepción del muro con México, Xi abre la chequera para financiar una vastísima red de infraestructura para reconectar decenas de naciones e integrar a la globalización a los tres continentes.
La jugada contra la hegemonía estadounidense es muy astuta: mientras los estrategas estadounidense esperan el enfrentamiento con China-Rusia en el Pacífico: en Corea del Norte o en el Mar del Sur de China, China-Rusia están tocándoles la puerta por el lado del Atlántico, llevando trenes, mercancías y servicios desde Vladivostok hasta Lisboa. Han decidido enfrentar la hegemonía norteamericana tomando el camino más largo. Pero quizá el más efectivo.
India ha respondido a la iniciativa China con alarma. No únicamente por que su milenario rival está articulando una nueva hegemonía ante el rechazo del mundo anglosajón a ejercerla, sino porque advierte que dicho plan implicará una montaña colosal de deuda para construir los proyectos que la conforman, y que dicho financiamiento resultará eventualmente en una catástrofe financiera.
El financiamiento de infraestructura es muy complejo, pues implica el gasto hoy y un retorno incierto en el muy largo plazo. Es muy fácil equivocarse. Es fácil hacer predicciones disparadas del futuro (que por definición es inescrutable) y decir que el enorme gasto que se realiza hoy será compensado con los beneficios futuros. El mundo, nuestro país, están repletos de ejemplos en donde el gasto presente resultó no ser compensado por mayores beneficios cuando el luminoso futuro proyectado resultó no ser tal. Y si, en ese caso, las deudas contraídas explotan y arrastran consigo economías enteras.
Pero si los proyectos se articulan bien, alrededor de rutas geográfico económicas que en el largo plazo coinciden con la demografía y la innovación tecnológica, el retorno puede ser incluso muy superior a lo esperado: la red de carreteras interestatal que unió a los Estados Unidos, la costosísima red de cables submarinos que llevan internet alrededor del mundo, el faraónico Canal de Panamá, la desecación del mar para crear un país entero que se llama Holanda, son ejemplos clarísimos de que un mega proyecto de infraestructura bien diseñado, ejecutado y operado, producirá un retorno a su financiamiento que de forma amplia compensará el enorme gasto realizado en el presente.
Vale la pena mirar la foto de esa reunión encabezada por China en donde estaban 29 jefes de Estado. No había ningún representante de los Estados Unidos. Todas esas naciones se estaban poniendo de acuerdo en como conectar el mundo, y la mayor potencia no estaba sentada a la mesa. Eso se llama un desafío, al cual Trump está respondiendo de la peor manera posible: aislándose.

Si la estrategia china resulta exitosa, entonces el nuevo milenio se parecerá mucho a como inició el  anterior: caravanas recorriendo Eurasia para intercambiar productos con el fastuoso imperio chino. A mediados del milenio pasado algo inesperado ocurrió: se descubrió un nuevo continente que acabó dominando el mundo al cierre del milenio. La China imperial fue incapaz de hacerle frente al nuevo emperador y se durmió durante casi quinientos años. Pero el viejo imperio ha despertado y aquello que sustentó la corte celestial: su enorme población, su genio inventivo y su ambición comercial, están haciendo que la historia mundial presencie una gigantesca vuelca de tuerca.

domingo, 7 de mayo de 2017

Francia, Capital Del Inglés

Tras el desembarco aliado en Normadía, una soldado inglés inscribió en una tumba de un panteón normando: “hemos venido a liberar al conquistador”. La victoria de Emmanuel Macron en la presidencial francesa parece devolverles el favor, pues un credo anglosajón: la globalización y el liberalismo político, derrotado estruendosamente en sus dos patrias de origen; Estados Unidos y el Reino Unido, acaba de ser salvado, al menos momentáneamente en uno de sus implantes mas reticentes: Francia.
Pocas naciones tienen una relación tan simbiótica y esquizofrénica como Francia e Inglaterra. La última ocasión que las islas británicas fueron conquistadas fue por el rey normando Guillermo “el Conquistador”, en el año 1066, y en realidad Inglaterra nunca fue reconquistada ni liberada. Los normandos acabaron asimilados por Inglaterra, y un idioma peculiar, el inglés, surgió de la simbiosis del francés con las lenguas sajonas existentes. Aún hoy, la mayoría de la matrícula en Oxford y Cambridge consiste de jóvenes de apellidos normandos, mostrando el larguísimo impacto que la conquista normanda tuvo sobre Inglaterra y sus reinos.
La globalización fue concebida en las capitales anglosajonas: Londres y Washington, como una reedición del credo clásico liberal creado también por los ingleses en el siglo XVII y XVIII. El liberalismo pero en escala planetaria, reforzado con poderosos ingredientes de economía monetaria y el libre flujo de capitales, fue disparado como la moda ideológica de finales del siglo XX tras la derrota estruendosa del bloque soviético. La seducción de la globalización la hizo imparable: el antiguo bloque soviético, el recluido sureste asiático, la atávica Latinoamérica y finalmente China, acabaron abrazando la globalización como la bandera que llevaría al mundo a la prosperidad y el desarrollo sostenido.
La globalización parecía imparable hasta que fue detenida (en retrospectiva, no podía ser de otra forma), justo allí en donde nació: en el Reino Unido y en los Estados Unidos, en donde sendos movimientos populistas de derecha dieron voz al malestar creado por la globalización entre la población que ha sufrido los costos de la misma y están deteniendo de manera embarazosa la marcha de dicho proceso justo en su centro geográfico-económico.
El malestar de la globalización estalló justo en el epicentro y por eso es irónico que uno de los implantes más reacios del liberalismo y la globalización: Francia, haya decidido este domingo con su voto, confirmar la marcha del proceso detenido en el mundo anglosajón, asignando una victoria resonante a Emmanuel Macron, el político más liberal del mundo occidental quizá desde Reagan-Tatcher.
En Francia el liberalismo y la globalización fueron vistos siempre con recelo. De cultura napoleónica, grandes burócratas y creyentes firmes en el rol estatal en la economía, a los franceses no se les da el liberalismo y a pesar de poseer una cauda de trasnacionales de primera línea, la globalización fue aceptada siempre con resquemor y envidia a los anglosajones. Es irónico entonces que sea Francia en donde se defienda ahora al liberalismo y la globalización tras la claudicación del Reino Unido (con el brexit), y los Estados Unidos (con el impresentable aislacionista Donald Trump) a seguir abanderando dicha causa. ¿O lo es?
El ascenso de Macron a la presidencia francesa tiene dos componentes: uno común y otro particular a Francia. El común es el hartazgo de los votantes a los partidos tradicionales, y en Francia esto significa los gaullistas, los socialistas, pero también loa comunistas (de allí el error histórico de Melénchon). Emmanuel Macron supuso una figura fresca, ajena al estatus quo institucional que tuvo la habilidad de romper el molde de la quinta república. En eso radica su visión: leer el hartazgo existente.
Y es justo allí en donde reside la particularidad francesa. Si, los franceses, como muchos otros, están hartos del fracaso de la globalización para los muchos y su éxito para los pocos. Están hartos, pero no locos. No están tan hartos como para abrazar al nazismo que significó casi la desaparición de su nación hace apenas setenta años. Su hartazgo, por mayúsculo que sea, no implica su auto destrucción. Y eso supo también leerlo Macron. Cuando los comunistas le pidieron abandonar su idea de flexibilizar el mercado laboral a cambio de su apoyo en la segunda vuelta, Macron se negó: sabe que incluso los comunistas se resignarán a cualquier alternativa antes que a los nazis.

¿Será suficiente la habilidad y sagacidad mostrada por Macron para hacer que Francia, aquejada por décadas de crecimiento paupérrimo, vuelva a crecer y a encontrar la joie de vivre? Se ve difícil. Pero esperemos con resignación. La garra nazi ha sido detenida por los franceses, y la república se ha preservado. Pero quizá sea la última oportunidad.

sábado, 29 de abril de 2017

El País De La Mariposa Monarca: El Nafta

Hay un cuarto país en Norteamérica. Más grande territorialmente que cualquiera de los otros tres. Un cuarto país que no tiene ciudad capital, que no tiene congreso ni cortes. (Pero si tiene un símbolo, la mariposa monarca). Es un cuarto país que nadie sabe bien a bien en dónde está, pero que al menos en el corto plazo, se ha salido esta vez con la suya. Este país se llama Nafta, y ha doblegado dramáticamente a la fierecilla domada: Donald Trump, haciendo que los presidentes de los otros dos países le llamaran abogando por él. Y ha logrado sobrevivir.
Así funcionan los grupos. Suelen ser distintos a la suma de las partes. Desde una pareja, a una multitud, a una nación, la suma de voluntades tiende a tener una personalidad distinta a la de sus componentes. Nafta es un tratado de libre comercio entre los tres países de Norteamérica. Ese tratado ha creado a lo largo de los 23 años de su existencia, un ente que no es ni Canadá, ni Estados Unidos, ni México, pero que se les parece. Todo mundo hablamos de esa entidad llamada Los Beatles, y no de Paul, John, George y Ringo. Un clásico entre Real y Barça es entre dos entes, no entre 22 individuos. Jean Paul Sartre dedicó profundas reflexiones justo al tema de los grupos que valdría la pena recordar.
Porque fue justo ese grupo, el país Nafta, el que se impuso sobre Trump, obligando a los presidentes de los otros países a doblarle la mano y a convencerlo de tragarse su veneno. Desde empresarios manufactureros, hasta comerciantes; desde ambientalistas, hasta académicos; desde políticos hasta periodistas y artistas; unos más que otros, buscaron presionar al vociferante Trump para que reculara de su desquiciante promesa de campaña que amenazaba con hacer realidad la terminación del Nafta. 


Esa nación Nafta, que habla en inglés, español y francés, e incluso en otros idiomas, se ha impuesto como una realidad superior al poder ejecutivo estadounidense, pero también fue capaz de mover a los otros dos países en su favor. Nafta es un cuarto invitado a la mesa que en esta ocasión fue defendida por los otros dos en contra de su creador original, los EEUU, quien súbitamente quiere repelerlo.
Nafta es un país en sí mismo, que se enfrenta económicamente a otros países en la concurrencia mundial: a la amenazada Europa, a la continental China; al Sureste Asiático; a Japón y Corea. Nafta es el país económicamente más poderoso de la tierra, el más competitivo, el mayor exportador del mundo. Cierto, la mayor parte del anterior aserto se explica por la preeminencia de los Estados Unidos dentro de Nafta, pero ese es justamente el punto.
El principal beneficiario de Nafta han sido y serán los Estados Unidos. Por eso fueron sobre todos las corporaciones de ese país las que convencieron al suicida de Trump de no jalar al gatillo de la pistola que el insensato tenía apoyada en contra de su propio paladar. Fueron las corporaciones estadounidenses las que mayoritariamente convencieron al desquiciado de no saltar del alto edificio desde donde había prometido a sus electores inmolarse. Los Estados Unidos necesita a Nafta para que sus empresas compitan con los bajos salarios de Asia; sus empresas necesitan a Nafta para que las materias primas del vasto continente fluyan sin mayores costos; necesitan a Nafta para crear el mercado con el mayor poder adquisitivo del mundo; y para evitar la trampa demográfica en la que están hundidas Europa, Japón y muy pronto, hasta China.
Las economías de los tres países que conforman el Nafta lo saben: los déficit y superávit entre ellos son una ilusión óptica. El superávit en cuenta comercial de México con los Estados Unidos, el gran vudú de Donald Trump, tiene como correlato una cuenta de capitales enormemente superavitaria para los EEUU. Más aún, si consideráramos una balanza de pagos unificada entre las tres economías que la conforman, mi sospecha es que la cuenta intra-Nafta estaría relativamente balanceada.
La economía del país Nafta es sólida en general, y balanceada. Como todas, tiene sectores perdedores que deben de ser atendidos y grandes problemas que deben ser resueltos, pero quizá la mejor idea sea hacerlo dentro del marco de un Nafta mejorado. Y no fuera de él. Hace 23 años, cuando se negoció el tratado. México renunció a constituir instituciones multilaterales de fomento y a reglas que permitieran equilibrar a los perdedores. Eran los años de una curiosa religión: aquella donde el mercado solito resolvía todo. A la luz del estruendoso fracaso de esa economía fetiche, cuando ya sabemos que una regulación alineada con incentivos es necesaria. Cuando hemos visto lo fuerte que somos los mexicanos y cuánto dependen de nosotros los Estados Unidos, al punto de que, junto con Canadá, podemos cambiar el sentido del discurso y la acción de Trump. Tomémosle la palabra al soflamero: renegociemos Nafta. 

domingo, 23 de abril de 2017

Francia: La Resignación Cartesiana

El establishment necesita romper con el establishment para poder reinventarse. Tal es la lección del primer turno de la elección francesa, en donde el independiente Emmanuel Macron superó incluso a la favorita Marine Le Pen, del ultra derechista Frente Nacional. Los dos partidos que habían dominado la política francesa de la quinta república, los conservadores y los socialistas, quedaron fuera de la segunda vuelta, ilustrando el descrédito que el modelo que ambos cincelaron sufre entre la población.
Pero la elección francesa es por demás interesante. Emmanuel Macron es quizá más más pro-euro y más pro-mercado que cualquiera de los candidatos del establishment: ya sea conservador o socialista. Los franceses parecen haber dicho: “la Europa unida y la moneda común son una buena idea, pero quienes la implementan han sido un desastre”. O bien quisieron decir: “Europa unida y el euro son un desastre, pero votar por el populismo de ultraderecha o de ultraizquierda sería mucho peor”.


Si Macron y los mercados leen el resultado de la elección francesa del domingo como un voto de confianza al euro, estarán equivocados. Los franceses han votado resignados por Macron y lo que representa con tal de no enfrentar una opción infernal: o la destrucción de Europa por la ultraderecha o por la ultraizquierda. Se han aferrado a la idea de Europa resignados, no convencidos. Su voto ha sido cartesiano y responsable. Pero no entusiasta.
Los franceses se han dado cuenta, como lo han hecho de manera intermitente desde el año 800 con Carlomagno, que son el corazón de Europa, y resignados, han aceptado el peso de dicha responsabilidad. Han aceptado el largo camino de la lenta transformación de un continente económicamente anquilosado preservando ineficientes instituciones comunitarias, antes que apostar peligrosamente (como lo hicieron los británicos) por el desmembramiento del proyecto común y el de buscar cada quien su ruta, lo cual se ha demostrado históricamente que sólo conduce a la guerra.
Los mercados y los analistas están seguros que en el segundo turno, dentro de quince días, Emmanuel Macron se impondrá a Marine Le Pen. Quizá sea ese el escenario más probable hoy, pero hay que estar muy atentos: el terrorismo podría golpear de nuevo y cambiar el escenario, el atavismo de los comunistas de Melenchon (que obtuvo 19.6% del voto), que lo ha llevado a no dar consigna, podrían reducir el margen de victoria de Macron; Trump podría meter las narices, o Putin las suyas. Muchas cosas pueden pasar pero por el momento un escenario en donde Macron gana la presidencia es el más plausible.
Pero los próximos quince días deberemos preguntarnos: ¿Cómo gobernará Francia un presidente sin diputados? Las elecciones para la asamblea nacional serán en junio, y la plataforma de Macron, En Marche!, quizá no gane mas que una bancada pequeña y tenga que sentarse a negociar con los Republicanos y en mucha menor medida con los socialistas.
Y es allí en donde la salida planteada por Macron representa una contradicción.
Su plataforma es más pro-Europa que la de los dos partidos del establishment, pero tuvo que romper con ellos para poder ganar. Rompió con ellos, pero no a ellos. Los dos partidos seguirán dominando el congreso francés y condicionarán la política de Macron produciendo quizás un impasse. No muy distinto al impasse que, en otras circunstancias, ha enfrentado Donald Trump en Estados Unidos, cuya agenda extremista se ha visto limitada por los intereses creados dentro de su propio partido.

Pero como le es propio al carácter de Francia, lo que ocurre allí suele ser más grande que si misma. Con resignación, pero los franceses han aceptado el reto de definir una opción: o globalización o aislamiento á la Trump, o aldeanismo á la Brexit o multilateralismo. O Europa o balcanización del mundo. Varias veces en la historia los franceses han tenido que decidir en nombre de la civilización, y en la mayoría han estado a la altura. Veremos qué ocurre esta vez.