domingo, 8 de diciembre de 2019

La Deuda Interminable ( y III)

La etimología es muy clara: crédito viene del latín “credere”, que significa “creer”. “No dar crédito” significa aún hoy en nuestro idioma que lo que vemos es difícil de creer, y también, que no estamos dispuestos a financiar con dinero a quienes nos lo piden. La economía global depende del crédito, es decir, de seguir creyendo que lo que se prestó, se seguirá pagando. La confianza es el hilo invisible que zurce las costuras del entramado económico global, y si la confianza se pierde, todo se deshilacha. Y no hay mejor forma de perder la confianza de alguien que dejando de pagar una deuda.
En nuestra entrega anterior argüíamos una premisa tramposa: la deuda no es en realidad un problema por que lo que una parte debe, la otra lo tiene, y en el agregado se cancela. Como toda verdad a medias, el balance entre lo que es cierto y lo que no es delicado. En el total se cancela, pero los que deben son distintos a los que tienen, y si los que deben dejan de pagar, los que tienen dejan de tener, y entonces los problemas empiezan.
Cierto: el problema estrictamente no es la deuda, sino la capacidad de servirla y de refinanciarla, porque si algo falla, entonces el equilibrio sobre el cual se funda la economía global se rompe. Y si: entre mayor sea la deuda, mayor es la probabilidad de que ésta no pueda pagarse.
La economía global se funda entonces sobre un credo: las deudas no dejan de pagarse. La recurrencia de episodios en el capitalismo temprano de moratorias extendidas, especialmente en los Estados Unidos, llevó al establecimiento de los bancos centrales, a los cuales se les conoce como “prestamistas de última instancia”. Es decir: si todos dejaran de pagar, siempre estará el banco central dispuesto a intervenir para que el mecanismo del crédito deje de fluir.
Fue este prestamista de última instancia quien evitó que la terrible recesión de 2008-2009 se convirtiera en una gran depresión económica. Cuando las familias y las empresas le dejaron de pagar a los bancos sus créditos, los bancos ante el alud de pérdidas, dejaron de prestar, y fue sólo hasta que el banco central entró a comprar tramos enormes de las carteras de crédito de los bancos que la crisis se detuvo y el financiamiento volvió a resurgir, detonando la expansión económica que en este año cumple ya diez años ininterrumpida.
La crisis endeudamiento del 2008-2009 se resolvió con híper-deuda, doblando la apuesta, apalancando a la economía más de lo que ya estaba. Con una diferencia: en este reforzamiento del apalancamiento las tasas de interés se hundieron hasta cero por ciento, y en muchas partes son incluso negativas. 
Si la tasa es de cero por ciento, entonces esa deuda por definición, no se dejará de pagar nunca, puesto que no hay nada que pagar. Si la tasa sigue siendo de cero por ciento, cuando el plazo del crédito venza, se refinancia pidiendo otro crédito al cero por ciento y las cosas siguen como si nada. Puede ser más raro aún, si las tasas son negativas resulta que el acreedor tiene que pagarle al deudor, así que el riesgo de moratoria por parte del deudor es inexistente: el no dejará de pagar puesto que incluso le pagan.
Si la tasa de interés es cero, la deuda no se dejará de pagar y la confianza no se romperá, habrá otros problemas (quienes invierten en deuda estarán subsidiando a los deudores, etc.) pero no habrá problemas crediticios: si no se debe de pagar nada, nunca se dejará de pagar.
Pero si las tasas comienzan a elevarse y a alejarse del cero, entonces la masa enorme de deuda que ha apilado la economía global en la última década deberá de comenzar a pagar algo, un porcentaje pequeño, pero que, multiplicado por el tamaño colosal de la deuda, es un recurso enorme que empieza a pegarle a los márgenes de ganancia, a los dividendos, a los resultados operativos y a las finanzas personales y de las familias. Estamos entrampados: no podremos subir las tasas de interés nunca, a menos que causemos un maremoto financiero global.

domingo, 1 de diciembre de 2019

La Deuda Interminable (II)

La deuda es un fenómeno económico complejo. Porque tiene dos caras: hay un deudor y un acreedor; hay un prestamista y un prestatario. El pasivo de alguien es un activo para otra persona. Si un país o una empresa se endeuda mucho, alguien se está beneficiando como acreedor de esa deuda. En nuestra entrega anterior reseñábamos cifras que mostraban que la economía global se encontraba en un nivel máximo de endeudamiento. Pero esa deuda interminable es riqueza para alguien: el asunto es ver de quien.
En sentido estricto entonces, tomada como un todo, la economía global tiene cero deuda. Pues un adeudo siempre tiene contraparte a otro actor económico del otro lado.
Tomemos por ejemplo la deuda de los Estados Unidos, la mayor deuda gubernamental del mundo por su volumen, y que monta un enorme 22 billones (millones de millones) de dólares al cierre de octubre de este año. El segundo mayor acreedor del gobierno de EEUU es él mismo. A través de varias agencias y dependencias, el gobierno de EEUU detenta cerca del 26 por ciento de la deuda emitida por si mismo. Entidades como el Fondo de Seguridad Social son grandes inversionistas en la deuda de su gobierno, así que la posición deudora neta es bastante menor a lo que parece.
Otros acreedores importantes de los EEUU son los sistemas de pensiones, quienes ostentan cerca del 11 por ciento de la deuda de su gobierno; mientras que las autoridades monetarias, como el banco central (la Fed), guardan alrededor del 10 por ciento de la deuda de su país. Los fondos de inversión de, representan el 9 por ciento de la deuda pública; cifra similar a la parte que detentan los inversionistas individuales, entre ellos las personas más ricas de los EEUU; los gobiernos estatales y locales suman cerca del 2 por ciento del total; mientras que los bancos y las aseguradoras llegan apenas al 6 por ciento del total.
Pero el mayor acreedor de los EEUU, si lo tomamos en su conjunto, es el resto del mundo; los inversionistas extranjeros, de todo tipo, ostentan el 29 por ciento de las deudas del gobierno estadounidense. Por nacionalidades destaca China, el mayor acreedor extranjero de los Estados Unidos, quien detenta cerca del 5 por ciento de la deuda de su rival económico y político; un porcentaje similar al invertido por Japón, cuyos enormes ahorros son invertidos en parte en bonos de los Estados Unidos. Otros acreedores importantes de los EEUU son el Reino Unido, Brasil, Irlanda, Luxemburgo y Suiza.
Un acreedor destaca en particular en esta ecuación: las llamadas “autoridades monetarias”, o la Fed, que detentan algo más del 10 por ciento de la deuda de ese país, y que compraron bonos gubernamentales inyectando liquidez en el mercado para evitar el colapso de la economía durante la crisis de 2008-2009. Es decir, cerca del 10 por ciento de la deuda de nuestros vecinos representa en realidad una inyección líquida de dinero en la economía para ayudarla a evitar una depresión e incentivarla a crecer.
La posición deudora de los Estados Unidos es similar a la de muchos gobiernos de países desarrollados, mientras que otros gobiernos, como el de China y el de Japón son acreedores netos e invierten sus ahorros en bonos estadounidenses. Pero si bien el gobierno chino es acreedor neto, sus empresas son de los principales deudores del mundo, y su desempeño financiero, con moratorias creciendo de manera alarmante, se han convertido en un factor de riesgo muy importante para la economía global, y en una presión para el gobierno chino, que ve amenazada su posición como acreedor neto ante la urgencia de entrar a rescatar la manada de empresas de su país que están incumpliendo pagos.
La deuda a nivel de la economía global como un todo no existe: el pasivo de unos es el activo de otros. El saldo a nivel global se empata y el problema entonces no es el saldo, sino la capacidad de servir la deuda. En sentido estricto entonces, lo que debemos de monitorear es si la deuda crece a una tasa menor a la capacidad de pagarla, es decir, si el PIB crece más que la deuda. Y eso es lo que no ha estado ocurriendo a últimas fechas: el bajo crecimiento del PIB, más que el crecimiento de la deuda, es lo que nos debe preocupar. Y mucho.

sábado, 23 de noviembre de 2019

La Deuda Interminable

En castellano endrogarse es sinónimo de endeudarse. Curiosamente en nuestro idioma una droga y una deuda son sinónimos. La sinonimia es muy útil: la deuda, como la droga, ayudan a que el organismo vaya temporalmente más allá de sus posibilidades. Puede potenciar el desempeño. Pero abusadas, la deuda y la droga, pueden tener efectos colaterales devastadores. La deuda de la economía global es ya mayor que el PIB mundial, así que vale la pena un par de reflexiones al respecto.
El último reporte del Institute of International Finance (IIF), muestra que la deuda de la economía global es de 246.4 billones (millones de millones), de dólares, equivalente a 320 por ciento del PIB mundial. Si, el stock de deuda global es más de tres veces mayor que lo que se produce en el mundo en un año.
El mayor deudor del mundo son los gobiernos de los países desarrollados (y en el margen, el de los Estados Unidos), representando 109.1 por ciento del PIB mundial; seguido por los corporativos de los mercados emergentes (chinos sobre todo), que deben el equivalente a 92.6 por ciento del PIB global, mientras que los gobiernos de mercados emergentes deben el equivalente al 50.5 por ciento. Las empresas de los países desarrollados deben el equivalente al 90.7 por ciento del PIB.
Curiosamente las familias son las menos endeudadas, representando las de los países en desarrollo 38.8 por ciento del PIB; mientras que la deuda de las familias de países desarrollados equivale a 72.3 por ciento.
Las cifras son muy claras, de 2016 a la fecha, como nunca antes en la historia de la economía moderna habíamos estado, todos (gobierno, familias y empresas), tan endeudados, tanto en términos nominales, como en porcentaje del PIB.
La deuda interminable ha sido la forma en que los bancos centrales, los gobiernos, las empresas y las familias, optaron para salir de la terrible recesión de 2008-2009. En medio del colapso económico financiero de ese momento, las tasas de interés se recortaron al cero por ciento, se inyectó liquidez a manos llenas, se redujeron impuestos (y el déficit público resultante se cubrió con más deuda), y las empresas usaron deuda hasta para pagar dividendos a sus accionistas dado lo barato que está el crédito.
Lo irónico es que se usó el recurso del crédito para salir de una crisis causada precisamente por el exceso de crédito. La crisis de 2008-2009 fue en el fondo detonada por la incapacidad de pagar la deuda que las familias habían adquirido para comprar bienes raíces cuyos precios, luego de una inflación de muchos años, acabaron desplomándose, impidiendo el pago de los créditos usados para adquirirlos.
La solución en ese momento para levantar de nuevo a la economía global, fue la de reabrir la llave del crédito: para pagar los créditos que no se habían pagado, y para invertir y consumir de nuevo, rescatando a la economía global de una gran depresión. Quizá no había otra alternativa. Quizá fue lo correcto en esa circunstancia.
Lo cierto es que la dependencia renovada de la economía global de una deuda cada vez mayor nos tiene en este momento en un nivel históricamente alto de apalancamiento. Es tan grande la deuda en el mundo que estamos atrapados en una trampa: los bancos centrales no pueden subir las tasas de interés a niveles históricamente normales, porque el aumento en el costo de la deuda es tan severo, que inmediatamente impacta en los márgenes de ganancias y por ende en las expectativas de inversión.
La deuda es un poco más compleja de lo que parece. No es cierto que todas las deudas se pagan. Para alguien que vive un tiempo infinito (como los Estados y las grandes corporaciones), la deuda no se paga nunca. No se liquida, pero si se sirve. Y el acervo de deuda es tan grande, que por más bajas que sean las tasas, pronto comenzarán a presionar los márgenes de ganancias o las bases gravables que alimentan el balance fiscal de los Estados.
Si la deuda no se paga nunca, sino que se refinancia, como lo hacen la mayor parte de los países, entonces lo que importa es que el PIB crezca más rápido que la deuda. Y eso no ha estado ocurriendo.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Poemas Para Leer En El Starbucks: Charles Baudelaire, El Papá De Los Pollitos

Walter Benjamin lo definió muy bien: París fue la Capital del Siglo XIX.
Es una noción precisa: París como el centro no geográfico, sino cultural. No de un país, ni de un imperio, sino de una época, de un espíritu.
Y en el centro de esa capital espiritual decimonónica brilló, con una intensa luz oscura, el más poderoso y definitivo de los poetas: Charles Baudelaire.
Quien escriba poesía actualmente quizá no lo sepa. Quien lea poesía posterior a 1870 quizá no sea consciente: todo es culpa de Charles Baudelaire.
Antes que las artes plásticas rompieran la figura clásica, con el arribo del impresionismo; antes que la música escapara de sus estrictos cánones clásico; antes que la arquitectura, la danza, y las artes escénicas quebraran las milenarias tradiciones que las tutelaban: Charles Baudelaire comenzó a escribir poemas sobre los miserables personajes urbanos creados por la industrialización; sobre el efecto alucinante de los vicios y las drogas; sobre la decadencia urbana del capitalismo temprano; sobre la brutalidad de la vida en esas primeras etapas de la globalización económica; sobre los migrantes dejados a la vera de las ciudades; sobre prostitutas angélicas y ángeles prostituidos. Es decir: sobre el día a día de la vida contemporánea.
La forma y el fondo de la poesía fueron puestos de cabeza por Baudelaire: hizo de Satán Trismegisto el héroe de sus versos en una sociedad aún predominantemente católica; buscó la extravagancia que sacudiera a los puristas del estilo, y temas que no habían sido abordados nunca por la literatura. Los críticos no encontraron un nombre mejor para describirlo que el de "poeta maldito".
La etiqueta de "poeta maldito" es injusta. Para alguien que lee poesía por placer y gusto, el epíteto quizá lo ahuyente. Baudelaire es un poeta exquisito que ponía, cuando quería y lo necesitaba, sus artes al servicio de los infiernos o de las alturas celestiales. Su arte es superior y sus habilidades plenipotenciarias. Entre la pléyade de divinidades francesas del siglo XIX, que incluye al monstruoso Rimbaud, al exquisito Verlaine, al misterioso Mallarmé, a tantos y tantos, Baudelaire se cuece aparte.
Traducir a Baudelaire es casi imposible. Su poesía descansa tanto en el tema como en la música. Su métrica es tan precisa y forma una parte tan integral del poema que pocos poetas pierden tanto al ser traducidos. Créanme, vale la pena aprender francés nomás para leerlo en el original y experimentar sus super poderes...pero para fortuna de quienes hablamos español, existió José Emilio Pacheco.
JEP es quizá el menos traidor de los traductores, buscó siempre la fidelidad y la música al mismo tiempo. Si van a leer cualquier poeta en lengua extranjera, busquen primero las traducciones de Pacheco. Como esta que presentamos aquí.
Poemas contemporáneos que describan la fugacidad del instante se producen en serie, como pan bimbo. Pero el primer poeta que hizo de la fugacidad de la vida urbana un tema poético, fue Charles Baudelaire. En medio de la vida frenética de París, entre gente que huye sin saber de qué, caminando deprisa a ninguna parte: una súbita belleza aparece y el poeta confunde el relámpago con el amor ("en sus ojos el cielo y el huracán latente": HDTPM!!!) y sabe de pronto que el amor eterno, en la urbe moderna, dura un instante.



A la que pasa

La avenida estridente en torno de mí aullaba.
Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
Casi apartó las puntas del velo que llevaba.

Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,
Me hizo beber crispado, en un gesto demente,
En sus ojos el cielo y el huracán latente;
El dulzor que fascina y el placer que destroza.

Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,
Por tu brusca mirada me siento renacido.
¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?

¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.
Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.
Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.

Versión de José Emilio Pacheco

domingo, 10 de noviembre de 2019

¿Puede Trump Ganar La Guerra Contra China? No Creo

¿Qué hay detrás de la disputa comercial de EEUU contra China? Mucha soya. Al inicio de la disputa comercial entre las dos mayores economías del mundo, cerca del sesenta por ciento de las exportaciones de soya de los Estados Unidos se destinaban al mercado chino, convirtiéndose con mucho en el producto más importante de la relación comercial bilateral. Es difícil por ello entender la lógica política de Trump. Los estados que acabaron dándole la presidencia son justamente, los principales beneficiarios del estatus quo comercial con China.
Hasta antes de que Trump disparara los obuses comerciales contra China, la soya era el segundo principal producto de exportación de los EEUU hacia el coloso asiático. Y los principales estados exportadores eran: Illinois, Iowa, Minnesota, Indiana, Nebraska, Missouri y Ohio. Todos estos estados fueron absolutamente decisivos para que Trump, a pesar de haber recibido tres millones de votos menos que Hillary Clinton, ganara la peculiar elección estadounidense, en donde cuentan más los votos electorales por estado que los votos individuales.
Si China quisiera (o pudiera, pues quizá no tenga una fuente alterna de suministro), podría causarle graves problemas a Trump al limitar las importaciones de soya estadounidenses y hacer sufrir a los productores de soya de esos estados que en la última década han gozado una bonanza provocada por la enorme demanda china. ¿Pudo haber sido Trump tan tonto como para poner su suerte electoral en manos de los chinos al disparar sin darse cuenta que la bala podría acabar pegándole en su propio pecho? La respuesta es: si, sin duda.
La soya es el segundo mayor producto de exportación. El primero son aviones de uso comercial, es decir, sobre todo ventas de Boeing, pero también de Honeywell, Cessna, United Technologies y Rockwell. Cuesta trabajo pensar que en un contexto en donde las exportaciones de Boeing se encuentran comprometidas por la crisis de su modelo más vendido: el 737 Max, a alguien se le haya ocurrido pelearse con el principal cliente de Boeing.
La cadena de argumentos es el siguiente: los productos aeroespaciales son la principal exportación de Estados Unidos a China; el mayor exportador de los Estados Unidos es Boeing; el producto más vendido de Boeing era hasta hace poco el 737 Max; un par de accidentes tienen en tierra a los 737 Max y ha parado la producción del mismo; Boeing necesita urgentemente clientes para detener el daño de la crisis del 737 Max; Trump le declara la guerra al principal cliente de los 737 Max de Boeing.
De nuevo, como en el caso de la soya, cuesta trabajo visualizar una estrategia ganadora para los Estados Unidos. Trump le declara la guerra al principal cliente de su principal exportador, en un momento en que necesita garantizar mercado para su principal producto.
A nivel de estados los productores de bienes del sector aeroespacial están concentrados en dos estados sólidamente demócratas: Washington y California. Mientras que la tercera mayor exportación de los EEUU a China, la industria automotriz y sus partes, vuelve a estar concentrado en estados (Michigan e Indiana) en donde Trump acabó inclinando la balanza a su favor y pudo ganarle la elección a Hillary Clinton a pesar de tener tres millones de votos menos.
En una negociación es muy útil tener el tiempo a favor. China no tiene un calendario electoral que lo presione, y aunque es cierto que la presión proveniente el menor crecimiento económico se resiente en las élites del poder, no existe un contrapeso electoral que presione al estado China. Trump tiene el reloj en contra: entre más demore el cese al fuego, más será el dolor que sufran los productores de soya, los empleados de Boeing, y las empresas autmotrices en estados electoralmente claves para Trump el año que viene. Trump tendrá que ceder, y pronto, aunque seguro se levantará, vapuleado y sanguinolento, cantando victoria con los puños en alto.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Las Finanzas Viven Para Las Finanzas

En 1947 el sector financiero contribuía con el diez por ciento del producto interno bruto de los Estados Unidos. En 2017 este porcentaje se había duplicado a poco más de veinte por ciento. Es decir, en setenta años el sector financiero ha crecido mucho más rápido que casi cualquier otro sector de la economía estadounidense, con la excepción quizá del sector tecnológico. Lo anterior ha significado que el sector financiero se ha convertido en un jugador con un poder económico y político extraordinario en el mundo, y ha hecho que de su destino dependa también, el derrotero de la economía global.
Mi maestra Eloísa Andjel, en su curso de Macroeconomía en la UNAM, enseñaba las ideas y los conceptos de un economista estadounidense, Hyman Minsky, poco conocido en aquellos años pero quien cobró enorme relevancia tras la crisis financiera de 2008-2009. Minsky, desarrollando el modelo keynesiano, atisbó la tendencia del capitalismo contemporáneo a elevar el peso del sector financiero, y advirtió puntualmente (casi como lo estuviera viendo) la gravedad y profundidad de las crisis que provocaría el exceso de intermediación financiera en las economías modernas.
La prensa financiera estadounidense acuñó (fantástica como es para vender ideas y contenidos), un cliché preciso para definir ese momento en que el exceso de crédito se revertía, arrastrando consigo la economía real: un “momento Minsky”, lo llamó, haciendo de cierta manera justicia a la preclara proyección de ese economista cuyas ideas nos parecen hoy tan visionarias, pero que en su momento la mayoría decidió ignorar pues se separaban de la ortodoxia.
El sector financiero es extremadamente importante en una economía: genera el crédito sin la cual es imposible que los países crezcan y se desarrollen, las empresas produzcan y las familias consuman. Con el advenimiento de la globalización vastas zonas geográficas del mundo, sub-bancarizadas, voltearon hacia el mundo desarrollado buscando crédito y lo encontraron en Nueva York, Londres y Hong Kong, propulsando la prominencia de esas ciudades y sus industrias financieras como surtidores de capital para el resto del mundo.
La globalización ayuda a explicar una parte importante de la hipertrofia financiera de las economías modernas: el sector financiero representa un porcentaje históricamente alto respecto de los productos internos porque hubo que ecualizar economías sustraídas del circuito capitalista durante la guerra fría. Pero cabe preguntarse si el peso actual del sector financiero en las economías se corresponde con su contribución a la producción y el crecimiento, o si es una hipertrofia en donde el resto de los sectores acaban trabajando para alimentar a este sector.
Tomemos por ejemplo la industria de los seguros. Es natural esperar que conforme la población crece y la población en edad de retiro lo hace a un ritmo incluso mayor, este sector, encargado entre otras cosas, de fondear las pensiones de la población, crezca por encima de la economía en promedio. La demografía podría ayudarnos a explicar entonces por qué los servicios financieros han crecido en importancia de forma aparentemente desproporcionada en las últimas décadas. O al menos parcialmente.
¿Pero la demografía es causa suficiente para que uno de cada cinco pesos que se producen en las economías avanzadas y en muchos países emergentes (como México), provengan del sector financiero?
Woody Allen elaboró una parodia: un mundo en donde todos somos una celebridad. No es difícil adivinar la moraleja: dicho mundo es imposible. Una celebridad requiere que haya una multitud de desconocidos. Pero las economías modernas se asemejan en algo a esa parábola de Allen: pareciera que el sector financiero produce para el sector financiero. La crisis de 2008-2009 fue una clara muestra del daño tan enorme que puede hacerle al resto de la economía el resquebrajamiento del sector financiero. Pareciera que hay que contenerlo y regularlo por su propio bien, incluso contra su voluntad. No por nada la posibilidad de que Elizabeth Warren sea la candidata demócrata, crece con el tiempo.

domingo, 27 de octubre de 2019

El Neoliberalismo Y Su Nostalgia Del Comunismo

El capitalismo liberal pudo vencer al comunismo soviético gracias a un señuelo irresistible: la distribución equitativa de la riqueza. Las clases medias de Occidente se beneficiaron de la competencia de la Guerra Fría al ser convencidos con una riqueza creciente de que el mejor modelo era el liberal. Pero el derrumbe del fracaso soviético tuvo un costo: el neoliberalismo ya no tuvo que convencer a nadie, era la única opción, y no necesitó de la distribución de la riqueza para que las sociedades lo aceptaron. Estas décadas han consistido en: o el neoliberalismo o la nada. ¿Pero esa elección está cerca de cambiar?
Dependiendo a quién lea o escuche usted, existen algunas diferencias sutiles entre el liberalismo clásico y el neoliberalismo, pero una diferencia que todos los estudiosos destacan es la devoción que el liberalismo siente por los mercados competitivos, y la afición del neoliberalismo por los oligopolios/monopolios. 
El liberalismo descansa sobre la idea de la competencia perfecta, un gran número de empresas de pequeño tamaño, que obtienen la ganancia promedio y no tienen poder de mercado. El neoliberalismo descansa sobre el predominio de grandes oligopolios, nacidos del derecho que ellos tienen sobre una tecnología, un proceso o un recurso, y que obtiene ganancias extraordinarias gracias al poder de mercado que les confiere ese derecho.
El liberalismo implica la competencia, el neoliberalismo la concentración del capital para el desarrollo de la tecnología. Y en medio de esta tensión sospecho que existe un tercero: un modelo alternativo, el comunismo soviético, o el capitalismo de Estado, que ofrezca a las personas una alternativa al modelo neoliberal.
La hipótesis es la siguiente: una de las causas de la enorme desigualdad económica, reflejada en el hecho documentado de que muy pocos tienen demasiado y muchísimo tienen casi nada, tiene que ver con que el modelo neoliberal no cuenta con un competidor que seduzca a las sociedades inconformes, dejándolas sin alternativas y por tanto, resignadas a aceptar lo que el neoliberalismo les salpique.
El período de la Guerra Fría, entre la posguerra y la caída del muro de Berlín, tuvo un correlato económico muy importante: los países de Occidente vieron como las clases medias prosperaban, engrosaban y cada generación vivía mejor que la anterior. La enorme riqueza creada por las sucesivas oleadas de innovación tecnológica en Europa y Estados Unidos fueron distribuidas de manera relativamente equitativa entre los distintos estratos de las sociedades Occidentales debido a un factor crucial: tenían que convencerlas de que el modelo económico de Occidente era más conveniente para sus poblaciones, que el modelo colectivista detrás de la Cortina de Hierro.
Esta competencia entre el capitalismo liberal y el comunismo colectivista de la post guerra tuvo un claro ganador: las clases medias occidentales, quienes fueron seducidas con una distribución equitativa de la riqueza para convencerlas de la conveniencia del sistema. Los grandes perdedores fueron su opuesto: las clases medias detrás de la cortina de hierro desaparecieron, y el fallido comunismo soviético produjo un ejército de pobreza colectiva que a la postre devino la razón de su estruendosa caída y derrota histórica frente al capitalismo liberal.
Las clases medias de occidente fueron seducidas con una distribución equitativa. Pero las exiguas clases medias de lo que Octavio Paz con enorme tino llamaba “excentricidades de occidente”, como América Latina, y que hoy llamamos mercados emergentes, entonces ligados a la posesión de las materias primas, eran seducidas por las buenas o por las malas. Es decir, dictaduras militares o invasiones, para evitar su paso al bloque soviético. Como ocurrió en Chile, país de donde viene un mensaje de alerta para que el neoliberalismo cambie y modifique la terrible distribución de la riqueza actual, o nos atendremos a las consecuencias.

domingo, 20 de octubre de 2019

La Recesión Lenta

Comparada con la violencia con la que estalló hace una década la última Gran Recesión, esta recesión no acaba de llegar, no acaba de configurarse, no da bien a bien color. Esta próxima recesión cuando llegue, si es que llega, parece ser muy distinta a la explosión financiera que sacudió, literalmente, a todo el mundo. Hay muchas señales de advertencia: el mercado de bonos, los índices manufactureros, e incluso a últimas fechas, los datos de ventas minoristas, que sugieren que una recesión adviene. Pero es una recesión lenta.
Los analistas y la prensa financiera destacan que los indicadores de empleo y consumo siguen sólidos. No es extraño. En el ciclo económico el empleo y el consumo son las últimas variables en ajustarse. Las empresas recortan trabajadores ya que tienen la recesión en la cocina, y los trabajadores reducen su consumo incluso meses después de ser despedidos, pues la liquidación primero, y el crédito después, les permiten extender su consumo incluso cuando la cima económico ya ha pasado y la producción se encuentra en descenso.
Lo que acontece estas semanas: Datos de producción débiles y cifras de desempleo en mínimos históricos en múltiples economías en el mundo (especialmente Estados Unidos), acompalado de cifras robustas en el consumo de bienes durables y no durables, ¿es consistente con el patrón cíclico descrito en el párrafo anterior, en donde el emple y el consumo son las últimas variables en ajustarse a la baja?
Si le hacemos caso a los mercados de bonos en el mundo la respuesta parecería ser si. Si le hacemos caso a la Reserva Federal de Estados Unidos, quien a pesar de que el desempleo se encuentra en mínimo de setenta años, reduce sus tasas de interés de referencia, la respuesta también paracería ser inclinada a un si. Si vemos las cifras de crecomiento chinas, de “tan solo” seis por ciento, las más débiles en menos de una década, el sentido de la respuesta perecería ser el mismo. Si vemos los mercados de divisas, en donde el dólar lleva seis semanas de ser vapuleado por el resto del mundo, en anticipación de menores réditos por parte de la Fed, lo mismo.
Y sin embargo la recesión no llega. No se aparece aún de manera contundente. Si vemos su distribución geográfica, algunos países como Argentina, y Corea, están presentando tasas negativas. Alemania y México, grandes exportadores, presentan economías estancadas. Algunos estados de la Unión Americana, señaladamente en el medio oeste y en la zona de los grandes lagos, están en recesión técnica, y en general las expectativas tiran hacia un desempeño más suave de la economía.
Pero las cifras duras de producto y empleo seiguen siendo robustas. Así que la fenomenología de la recesión viniente será muy distinta a la última que sufrimos.
Los bancos del mundo son hoy mucho más robustos y capitalizados que los que volaron por los aires hace una década. Es más, quienes manejan los inversiones ya no son ellos sino los fondos de inversión, así que la expsosicion de los bancos a los mercados ya no es tan aguda como la últina recesión. Los activos se encuentran hoy distribuidos más equilibradamente entre el sector bancario y el no bancario.
Si lo anterior es correcto entonces la próxima recesión podría no originarse en el sector financiero, y sería consecuentemente menos violenta y súbita, y más gradual y lenta, que la de hace una década. Una recesión en cámara lenta, en donde cada cuadro se va deslizando y sucediendo secuencialmente, poco a poco.
Sector por sector, país por país, región por región, mercado por mercado, esta recesión lenta parece inadvertida, como si estuviéramos cociendo un guiso a fuego lento, que de tan lento no nos damos cuenta que un buen día, y de un momento a otro allí está.
Quizá quedamos chiscados por la última recesión que sufrimos. Fue tan brutal y despiadada que vimos ante nuestros ojos derretirse a la economía global. Pero esta recesión lenta es típica de las economías antes de que estuviéramos todos conectados. Va extendiéndose poco a poco por sectores e indicadores, imperceptiblemente, hasta que un día sin notarlo, la tenemos enfrente.

jueves, 10 de octubre de 2019

Las Agroexportaciones Mexicanas: ¿El Principio De Un Auge Sostenido?

El campo mexicano es un vehículo de dos velocidades. Por un lado está el ligado a la agricultura de autoconsumo o en donde la comercialización ocurre sólo en el margen, cuando hay excedentes respecto del consumo de los productores. Por el otro se encuentra la agricultura comercial, en donde los productores dedican prácticamente toda la cosecha para el mercado. Y es dentro de este segmento que encontramos un subconjunto muy particular: la agricultura comercial de exportación.
De manera sigilosa, bajo el radar, sin mucho apoyo gubernamental, y en locaciones geográficamente delimitadas y en cultivos estratégicamente escogidos, la agricultura comercial de exportación mexicana se encuentra en medio de una época de oro con pocos antecedentes en la historia moderna del país.
En el noroeste y norte del país, en Michoacán y Jalisco, en algunas zonas de Veracruz y en la península de Yucatán, un grupo relativamente reducido de productores mexicanos se encuentran en medio de una trasnformación dramática del perfil agroexportador del país.
En primer lugar, hay un modelo de negocios detrás: una planeación cuidadosa de los costos, los beneficios, los mercados objetivo, las variedades de semilla óptimas, el cultivo sustentable del suelo, la mitigación de los riesgos climáticas mediante tecnología e infraestructura y modelos de comercialización integrales que limiten la venta y potencien el acceso a los mercados globales: especialmente los Estados Unidos, pero también Canadá, China, Europa, Japón y los países árabes.
Dichos agricultores son relativamente jóvenes, con educación financiera solvente y experiencia educativa y/o laboral en el extranjero, y con conocimiento del funcionamiento de los mercados y las redes de distribución globales.
Lo anterior viene incluso a veces acompañado de financiamiento (si bien limitado) de clientes en el extranjero, lo que les da una cobertura de riesgo cambiario natural dado sus mercados de destino, dotando a este sector de una ventaja financiera peculiar con la que no cuentan ni la agricultura de autoconsumo ni la agricultura comercial para el mercado doméstico (como el maíz, el frijol, la caña de azúcar y otros).
El cultivo estrella de este sector agroexportador es por supuesto el aguacate, el cual ha detonado una expansión incontenible de la superficie cultivada y ha salido ya desde su cuna natural en Michoacán, expandiéndose por Jalisco, Nayarit y Sinaloa (e incluso Chihuahua) hacia el norte, y hacia Veracruz  y Guerrero hacia el poniente. 
Las consecuencias ecológicas y sociales del aguacate en vastas áreas de México no están siendo cuantificadas, y la regulación al respecto ha sido laxa y la aplicación de la misma, extremadamente débil. El éxito exportador del aguacate nos está costando bosques y comunidades. No ha sido gratis.
La demanda mundial por aguacate es imparable y eso ha provocado que a la tradicional competencia que el aguacate mexicano (por supuesto, el mejor del mundo) en Perú y Chile, se estén añadiendo diario nuevos jugadores, como España y Filpinas, que buscan cubrir la explosiva demanda que los consumidores del mundo han detonado por la deliciosa fruta mexicana.
Pero tras el aguacate un racimo de cultivos han encontrado en suelo y el sol mexicanos, un espacio idóneo para expandirse y competir en los mercados globales con una marca muy particular: sabor y calidad. Quienes están en este mercado lo reconocen: las nueces mexicanas tienen más aceite, las manzanas son más jugosas, las moras más sabrosas y delicadas, los dátiles suntuosos, las fresas concentradas, el aguacate insuperable. 
La escasez de agua y la necesidad de riego hace que nuestros rendimientos en casi todas las cosechas palidezcan frente a las tierras irrigadas naturalmente de los Estados Unidos por ejemplo. Pero los frutos cultivados en esta tierra suplen los menores rendimientos con una calidad que se refleja en mayores precios en los mercados globales por sus espárragos, los melones y las Sandías, las frambuesas y arándanos.
En el curso de la última década México se ha convertido en una potencia exportadora en los productos que hemos enlistado en los últimos párrafos, añadiéndose a aquellos cultivos en donde los agricultores mexicanos ya eran líderes de por si: jitomate y hortalizas, cebolla y ajo. A esta lista se han añadido la diversidad de bayas y fresas, los dátiles y nueces, las manzanas para jugo, Sandía, melón y papaya.
Bajo un escenario esta época de oro de los agroexportadores mexicanos es apenas el inicio. Dos rasgos muy importantes se encuentra detrás se esta presunción; por un lado los patrones de dieta entre la población, sobre todo entre los jóvenes, está cambiando y cambiará significativamente; y por otro lado el gran competidor histórico de este sector agroexportador mexicano: California, se está quedando sin agua de uso agrícola, pues el uso de sus recursos naturales ha llegado al límite por su expansión urbana horizontal y la dinámica poblacional.
California, Florida y Texas son históricamente la competencia de las agroexportaciones mexicanas, pero los límites a la explotación de los acuíferos, la reducción de la superficie agrícola ante la expansión urbana, el cambio climático, la elevación de los costos laborales, y el dólar secularmente fuerte que ha enfrentado este sector, juegan a favor de una relocalización de cultivos del sur de Estados Unidos hacia México. Uno nunca sabe: quizá debamos, en el sector agroexportador, prepararnos para administrar la abundancia.

domingo, 6 de octubre de 2019

Mr Churchill, Los Mercados, Y El Impeachment

La frase es atribuible a ese acuñador de frases memorables, Winston Churchill: “Siempre puedes contar con que los americanos harán lo correcto, después que hayan intentado todo lo demás”. Estoy convencido que elegir a Donal Trump fue un error del sistema político estadounidense, y que la defenestración en curso por parte de los demócratas, en caso de proceder, será una validación de la sentencia de Churchill: los americanos, luego de intentar otras salidas, acabarán haciendo lo correcto: echando por la ventana a esta personaje que ha puesto en riesgo no solo al sistema político de su país, sino a la economía global.
Que no exista en castellano una traducción precisa para “impeachment” quizá sea el reflejo de la pobre tradición democrática de nuestros países, en donde los gobernantes que son expulsados de su puesto lo hacen por la violencia o por muerte natural, y no por un procedimiento que sancione su mal proceder conforme a las leyes. Para propósitos de esta columna utilizaremos entonces la palabra “defenestración” como una útil imagen gráfica para traducir impeachment: tirar a alguien por la ventana.
Donald Trump es alguien tan ligado al establishment político, económico y del espectáculo estadounidense que habla muy bien de su talento o de la pobre cultura política de los electores, el cómo logró ganar proyectándose como alguien que barrería con el establishment. Seguro que ni él mismo creyó ese discurso, pero es justamente el establishment el que determinará a final de cuentas si Trump es defenestrado o no. Porque una cosa es lanzar una retórica anti semita y racista en general, eso al establishment no lo incomoda demasiado, pero muy otra cosa es conculcar las bases sobre las cuales se ha fincado la expansión económica global y arriesgar la continuación de la globalización basado en las fobias y los caprichos de una personalidad excéntrica y peligrosa.
Tomemos el ejemplo más emblemático: la postura ante China. Si China se convirtió en la potencia económica que hoy es, fue porque así convino a los intereses de las grandes corporaciones estadounidenses. La inversión en China fue la forma que EEUU SA encontró para restituir sus márgenes de rentabilidad abaratando costos y acelerando los procesos de diseño y manufactura. Acusar a China de deslealtad comercial y bloquear el comercio y la inversión con esa nación es ir en contra de la lógica misma de las empresas estadounidenses, quienes son las principales beneficiarias con invertir, producir y comerciar desde allá.
Donald Trump ha decidido sabotear el multilateralismo económico, subvertir las alianzas comerciales que tan bien sirvieron a la expansión global estadounidense de las últimas cuatro décadas, a partir de una idea primitiva y aldeana de transponer el supremacismo blanco a la autarquía de los Estados Unidos. El supremacismo blanco, la ideología central de Trump y sus aliados de extrema derecha, no soporta el multilateralismo: no toleran la idea de que el libre comercio con mexicanos, chinos, coreanos y japoneses hacen a su economía más fuerte. 
La ilustración gráfica del supremacismo blanco en el terreno económico es un obrero blanco, en su fábrica del medio oeste, produciendo mediante energía generada con carbón, los bienes que el resto del mundo necesita y que comprarán porque nadie lo hace mejor que ellos. 
Esa imagen es tan obsoleta que sólo un grupo dentro del partido republicano y la coalición de extrema derecha que lo secuestró, cree en ella. El resto de los republicanos tuvieron que tragarse la candidatura de Trump porque era la mejor opción para derrotar a los demócratas, pero no están contentos con él. Si Trump piensa que él es el establishment (y lo piensa), se llevará muy pronto una tremenda sorpresa.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Protejámonos Del Proteccionismo


No debería sorprendernos que el proteccionismo esté de vuelta. Es una de las consecuencias de la terrible crisis económico-financiera del 2008-2009, dado que las economías nacionales, incapaces de articular un crecimiento sostenible (con la notable excepción de los Estados Unidos), buscan depreciar sus monedas para venderle a la máquina económica del mundo: justo los EEUU, más bienes y servicios para crecer. Pero el punto llegó en que los EEUU, a través del iletrado Trump, dijo “esta masacre acaba aquí”, y comenzó a cerrar las fronteras.
Los Estados Unidos son para la economía mundial el comprador de última instancia. Son el gran cliente del resto del mundo. Ellos lo saben de algún modo y por ello tienen la moneda más fuerte del planeta: para poder comprar lo más barato posible los bienes y servicios del resto. Ese papel de ser el cliente de última instancia fue absolutamente clave para que la economía global pudiera salir de la Gran Recesión de 2008-2009. El resultado fue por supuesto un aumento en el déficit de cuenta corriente de los Estados Unidos, al cual el muy elemental de Donald Trump ve como un símbolo de abuso del resto hacia su país, y una señal de debilidad extrema.
El déficit de cuenta corriente de EEUU es todo lo contrario: una señal de la enorme fortaleza de su demanda interna y de la fortaleza del dólar. Más aún, dado que los Estados Unidos no necesitan tener reservas internacionales, el mayor déficit de cuenta corriente significa un mayor superávit de cuenta de capitales: ahorro del exterior que busca ser invertido en los Estados Unidos, en su economía y en sus mercados. El auge bursátil de Wall Street, el déficit de cuenta corriente, y la fortaleza del dólar, son las distintas caras de un mismo proceso.
¿Si la cuenta corriente de EEUU es muestra de su fortaleza económica, por qué Trump lo equipara a una carnicería en contra de su país? La respuesta más sencilla (y quizá la correcta), es por ignorancia. Pero intentemos una respuesta más objetiva. La primera explicación es directa: detrás del déficit de cuenta corriente si hay perdedores, aquellos sectores estadounidenses que no pueden competir con el exterior, y si mapeamos a esos sectores con el mapa electoral, el resultado no debería de sorprendernos: son los que votaron por Trump.
Si por motivos electorales, por su afán de ganar y mantener el poder, Trump y los republicanos están impulsando una agenda económica que les da réditos políticos de corto plazo, pero pérdidas económicas en el largo plazo no debería de asombrarnos: los políticos tienden a pensar así: en el resultado de la elección que viene, y no en lo que el país debe ser en las próximas décadas. Es un sesgo natural que siempre debe de ser compensado por los actores económicos y por los mercados.
Y son los mercados los que en efecto, han sido los principales críticos de la estrategia comercial e internacional de Trump, de su bilioso proteccionismo. En los últimos doce meses el S&P 500 por ejemplo, no ha subido un ápice. Claro que si comparamos el mercado respecto de su cierre de diciembre 2018 estamos sustancialmente arriba, pero pocos tuvieron esa suerte. El mercado tiene más de un año sin moverse, sin ir a ningún lado, mostrando así la incomodidad que le produce el inoportuno proteccionismo de Trump.
Lo irónico es que el libre mercado está siendo cuestionado por los países de donde surgió: el Reino Unido y los Estados Unidos. Y el proteccionismo viene hoy justo de esos dos países. Pensándolo bien la ironía no es tal: la globalización fue iniciada por esos dos países para vender sus productos y abaratar sus costos, arrasando las economías del resto. Pero cuando el resto se repuso y supo competirles, los EEUU y el RU están cerrándose para competir con ventaja, que es como siempre lo han hecho. Para protegerse del proteccionismo es necesario tener en cuenta una cosa: el que se lleva se aguanta.


domingo, 22 de septiembre de 2019

¿Qué Tan Cerca Estamos De Movernos Con Energías Limpias?


¿Qué tan cerca estamos de mover el mundo sin la necesidad de quemar combustibles fósiles cuyas emisiones una de las principales fuentes de erosión de la capa de ozono? ¿Qué tan próximo estamos de usar a la naturaleza para mover a la sociedad sin tener que destruirla? Técnicamente es probable que ya estemos en capacidad de que eso ocurra. Pero dado que la aplicación de la tecnología en la economía está determinada por la rentabilidad de la misma, quizá debamos esperar aún tiempo para que la energía sustentable mueva a la sociedad. Con el riesgo de que puede ser demasiado tarde.
Usar la energía solar, el viento, las mareas, el calor que sale del subsuelo terrestre e incluso la basura que producimos todos los días, es ya técnicamente posible en escala tal que permitiría casi de la noche a la mañana inutilizar a todas las petroleras del mundo. Pero hay un problema: las fuentes renovables de energía son todavía más caras de producir que los sucios combustibles fósiles (el carbón y el petróleo), y que el uso de la fuerza del agua para generar energía.
Las fuentes renovables tienen otra desventaja: son intermitentes. La energía eólica se genera cuando sopla el viento, la solar cuando hay radiación (en el día), y la hidráulica cuando el caudal lo permite. La producida por combustibles fósiles se puede generar en casi cualquier momento y en cualquier lugar, y esa disponibilidad la hace mucho más barata que las renovables.
Técnicamente hoy ya es posible llenar las azoteas de nuestras ciudades con paneles solares y generar así a energía suficiente para moverlas. El problema es que en las noches no habría generación de electricidad. La solución para dicho problema también existe tecnológicamente: se resuelve con una batería. El problema es que con la tecnología disponible la batería necesaria sería tan grande que no sería económicamente viable.
La generación de energía a través del procesamiento de residuos sólidos, y por medio de la captura del biogás que generan los gigantescos basureros metropolitanos del mundo no tienen el problema de disponibilidad que tienen las fuentes naturales renovales de generación, y deberían, y ya son, una parte muy importante del portafolio de soluciones para la generación de energía con fuentes que sustituyan los combustibles fósiles.
La aplicación de energías limpias y el aprovechamiento de residuos, mientras no exista la tecnología que replique la fisión nuclear, son la única salida para disminuir de manera material la emisión de gases de efecto invernadero antes de que el calentamiento global que ellos provocan, comprometa la existencia misma de la civilización humana (por el planeta ni se preocupen, él nos sobrevivirá).
El problema como decíamos al inicio, es que aunque la solución técnica para la abolición del uso de combustibles fósiles, existe, la disponibilidad y los costos de la generación la hacen aún económica y financieramente inferior a la quema de petróleo, carbón y el uso del gas para la generación eléctrica.
Si, el discurso de los ecologistas es correcto, en ese sentido, es el predominio del criterio de la rentabilidad lo que subyace al deterioro de la naturaleza al punto de que está en jugo la existencia de la sociedad misma. Nos estamos matando, lenta pero inexorablemente, a nosotros mismos en nuestra búsqueda de rentabilidad financiera.
Pero así como una vacuna inyecta en el cuerpo los virus de la enfermedad que se quiere combatir:¿sería posible utilizar el hambre de ganancia que mueve a nuestra economía, para generar energía sustentable? La solución no es tan complicada. Imponer un gravamen adicional al consumo de combustibles fósiles para con ello subsidiar la generación de energías renovables y el desarrollo de baterías factibles que las almacenen para tenerlas disponibles en todo momento sería sencillo de hacer si la alarma por el deterioro climático superara las resistencias políticas de los grupos de interés por continuar con el uso del petróleo y el carbón. De nuevo, antes que sea demasiado tarde.