domingo, 14 de septiembre de 2014

Juguemos A Plagiar

En el camino, uno va construyendo y perdiendo bibliotecas. De la que construí en mis años de estudiante en la UNAM quedan retazos: algunos libros conmigo, otros con mis hermanos, la mayoría se han perdido tras abandonarla cuando me fui a vivir a Princeton.

Pero de aquellos años guardo uno, muy querido, “Décimas Lezámicas”, de mi Maestro Roberto López Moreno. Dedicado de su puño y letra, el libro es una afrentosa muestra del oficio de López Moreno, de su cuidado oído, de su refulgente caudal de imaginería, de su amor por el genio habanero. “Décimas Lezámicas” es uno de los mejores libros de Roberto López Moreno, y ha sido compañía fiel por más de veinte años.

“Décimas Lezámicas” propone un juego muy divertido, que López Moreno resuelve de manera suprema. El juego es el siguiente: construir un poema a partir de un verso de otro poeta. En “Décimas Lezámicas” el juego es un diálogo: López Moreno construye décimas a partir de un verso que es siempre de Lezama.

Yo, menos diestro y más tímido, he usado ese juego de una manera más abierta, y he escrito a lo largo de los años algunos textos, en verso libre, a partir de versos que a mi me hubiera gustado escribir y que fueron escritos, para mí por supuesto, por otros maestros.

El juego que proponemos es justo el de tomar un verso que sea especialmente gustado, que haya provocado temblor y arrastre, como un ancla para construir así un poema distinto y propio. Plagiar honra, y construir algo nuevo a partir de versos de otro ha sido una costumbre literaria antiquísimas que deberíamos perpetrar en éstos años en que el derecho de autor a veces suprime el intercambio y la conversación entre los espíritus.

REGRESO AL ZUAQUE

“Regresa luna mía”[1]
Devuelve a mis manos la suave luz
que abre las orillas del polvo
que agita al pasar las sílabas que aprendí
en aquél valle abierto por once ríos

Regresa, luna
que el viaje ha sido largo y aún no llego
que aunque llegue no partiré nunca
y aunque parta
no sabré si voy o vengo
no sabré si estoy o si me quedo

Regresa para saber
si eres tú la que vuela y yo estoy quieto
o si soy yo el que se mueve por tu brecha
o si estamos huyendo los dos
del mismo sueño


DOMINGO

“Los ojos de mi hijo mayor son como higos negros”[2]
mi hijo mayor tiene
enormes almendras, húmedas semillas
en las cuencas abiertas de los ojos
Mi hija menor
brotó de un árbol de abejas
junto a bellas naranjas
Afuera la muerte ronda, cercena
ciudades completas, dinastías viejas
Aquí en mi jardín la vida pasa el tiempo
hablando de almendras e higos, de abejas y naranjas



CERVANTINO

Y estoy aquí, treinta años después
hablando con el que fui y ya no soy
Y el que fui no me adivina, me recuerda
me atisba por la bruma y carraspeando
me interroga sobre los días que vienen

Una cosa nos une: las palabras

Él como yo busca a tientas, avanza y se detiene
camina exhausto por éstos largos corredores
poblado por sueños y por hexámetros
tratando hacer arder el fuego nuevo en ceniza vieja
inventando trucos milenarios, repitiendo páginas

Hubiera querido darle yo una música primaria
instrumentos más precisos, árboles volando
Pero tuve que conformarme con desvelos y fragmentos
“velos aquí en tus aras tremolar”[3]

ARDER

“Raro arder aquí todavía”[4]
erguido sobre tus dientes
Como un cuchillo,
despeñado entre las brazas
de tu muslo abierto

Ardí aquí una vez
leño tras leño hasta el rojo blanco
el viento me alzaba hasta tu ombligo pardo
y la rosa, ¡ay, la rosa!
que me esperaba siempre húmeda

Ardí aquí hace poco
temblando ante el misterio
de lo que habrá tras esa puerta
que tantas veces he abierto
pero que no conozco

Ardí aquí una vez y ardo
como arde la espina en la zarza
como arde el carbón en tu lengua:
Abrasada





[1] Eduardo Sanguinetti
[2] Yehuda Amichai
[3] Francisco Cervantes

[4] Gonzalo Rojas

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