domingo, 8 de enero de 2017

El Imposible Mundo Disco De Donald Trump

Donald Trump está atrapado en los 70. Quiere ser presidente del mundo de cuando él era un adulto joven y los Estados Unidos se enfrentaban a la Unión Soviética en una carrera nuclear, los autos estadounidenses eran los mejores de la tierra, el dólar reinaba supremo entre todas las divisas, y él y sus amigos bailaban disco en el Studio 54 de Nueva York con conejitas de playboy. Ese mundo ya no existe, ha cambiado al punto de ser un recuerdo: pero Donald Trump piensa que allí vive, y que será el Rey.
El escenario que la mayoría de los bien intencionados columnistas gustan de repetir no ocurrirá. Donald Trump no cambiará. No será modulado por las intereses creados. La peor versión de Donald Trump será la que veremos desde el día uno de su presidencia: racista, proteccionista, armamentista y machista. Dispuesto a incumplir todo el código de comportamiento político conocido con tal de salirse con la suya. Y “la suya” es lamentable: imagina a unos Estados Unidos que ya no existen: cerrados al mundo, blanco y religioso, llenos de armas nucleares para pelear contra un enemigo que hace mucho se extinguió. Trump viene de un mundo que está luchando por no desparecer y que hará un último esfuerzo por permanecer relevante en la historia.
Donald Trump es como la música disco de sus adorados 70: una pieza de museo. Quienes votaron por él son los caídos del largo proceso de globalización que ha implicado la pérdida de empleos y capacidad industrial en vastas áreas de los Estados Unidos, quienes votaron por él piensan que regresar al pasado es posible: que Estados Unidos puede ser blanco de nuevo, expulsando a sus millones de inmigrantes; que es posible repatriar los millones de empleos que las empresas estadounidenses han establecido en China, México y el sudeste asiático; que es posible reconstruir el arsenal nuclear estadounidense y embarcarse en una carrera contra un enemigo que hace décadas dejó de ser la Unión Soviética y que ahora es más listo que Trump para hacer negocios.
El problema con Trump es que fue electo por los perdedores de la globalización bajo la promesa que revertirá los efectos de la misma. Eso es imposible. Trump vendió a sus votantes la idea que el tiempo puede volver, que la manecilla retrocede. Eso no es posible ya. No sólo no es posible en términos físicos. Todos sabemos que el tiempo no puede regresar. Regresar no es posible económicamente tampoco.
Los trabajadores de Detroit que perdieron sus empleos cuando su planta se mudó a México probablemente ya no estén calificados para hacer lo que hacían, incluso si la planta regresara. Las empresas que mudaron sus operaciones a China invirtieron millones de dólares que no pueden abandonar en el lejano oriente. Las empresas estadounidenses no pueden regresar sus fábricas a Wisconsin y pagarles a los trabajadores que alguna vez despidieron salarios la décima parte de lo que pagaban. O puede que los contraten pagando los salarios promedio, pero entonces tendrán que subir los precios de los automóviles y otros bienes para compensar los mayores costos. Y si lo hacen, los productores chinos, europeos y asiáticos los barrerán del mercado con sus precios más bajos. Trump puede evitar esa masacre por supuesto poniendo cuotas y aranceles para proteger el mercado interno. Pero si lo hace entonces los precios subirán y los Estados Unidos perderán competitividad.
Y por supuesto si Estados Unidos pierde competitividad siempre tiene su arsenal nuclear para convencer a sus rivales de adaptarse a sus reglas. Como solían hacerlo en los años setenta cuando la música disco reinaba y Trump y sus novias se divertían en Studio 54 en Manhattan .



La estrategia de Trump es imposible porque se trata de regresar a un mondo que ya no existe: bipolar y cerrado, proteccionista y nuclear, rural y blanco. Lo dramático es que quien abrió al mundo, lo desnuclearizó y lo hizo secular y abierto a la necesaria migración fueron los Estados Unidos. Trump es el imperio renegando de su creación más acabada. Los costos de la globalización a raja tabla han sido tan altos, que su propio creador está tratando de revertirlo. No podrá. El sueño de Trump está destinado al fracaso. No podrá cumplir el mundo que prometió simplemente porque el pasado no vuelve. Ni yendo a bailar música disco al Studio 54. Ni yendo a bailar a Chalma.

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